Vitamina D: déficit oculto, sol, suplementos y nuevos hallazgos

  • España y otros países soleados presentan un déficit de vitamina D similar al de regiones con menos horas de luz
  • La exposición solar, la edad, el tipo de piel y la composición corporal condicionan la síntesis de vitamina D
  • La suplementación debe basarse en analíticas, supervisión médica y, en algunos casos, combinarse con vitamina K2 y magnesio
  • Alimentos enriquecidos con calcio y vitamina D, como ciertas leches, muestran beneficios sobre la salud ósea y la microbiota

vitamina D y salud

En los últimos años, la vitamina D ha pasado de ser un nutriente casi secundario a convertirse en protagonista de consultas médicas, redes sociales y lineales de farmacia. Su papel en los huesos, el sistema inmune y la salud general ha hecho que millones de personas se interesen por sus niveles, especialmente en España y en otros países europeos.

Al mismo tiempo, se ha disparado el consumo de suplementos de vitamina D, muchas veces sin una analítica previa ni seguimiento profesional. Esto ha generado un escenario curioso: en un país con muchas horas de sol, como España, los estudios siguen encontrando tasas muy elevadas de déficit, mientras las autoridades sanitarias alertan de los riesgos de tomarla “por si acaso” y de las intoxicaciones por exceso.

La vitamina D tiene varias peculiaridades respecto a otros nutrientes. No solo se obtiene de la dieta, sino que el cuerpo puede producirla de forma endógena cuando la piel recibe radiación ultravioleta B (UVB). Este proceso, sin embargo, depende de múltiples factores: desde la hora del día hasta el tipo de piel, la edad o el uso de fotoprotector.

A nivel alimentario, las principales fuentes naturales son algunos pescados grasos y alimentos de origen animal, como el aceite de hígado de bacalao, angulas, arenques, salmón ahumado o las yemas de huevo. A esto se suman productos enriquecidos con vitamina D, como determinadas leches y cereales, que en Europa se utilizan cada vez más como herramienta para mejorar la ingesta poblacional.

Pese a ello, diferentes trabajos señalan que más de la mitad de la población española presentaría niveles bajos de vitamina D, una situación que también se observa en otros países soleados. La pregunta que se repite es obvia: si hay sol de sobra, ¿por qué falta esta vitamina?

Un país con mucho sol y poco aprovechamiento de vitamina D

España se sitúa entre los países con más horas de sol del mundo. Regiones como Andalucía o Extremadura superan las 3.000 horas anuales de radiación solar, mientras que otras comunidades, como Cantabria, registran cifras más modestas, pero aun así relevantes. Con estos datos, podría pensarse que el déficit de vitamina D sería marginal.

Sin embargo, investigaciones coordinadas por especialistas como el doctor José Manuel Quesada, del Hospital Universitario Reina Sofía (Córdoba), muestran que los niveles medios de vitamina D en España son comparables a los de Europa central o incluso Escandinavia. Es decir, el sol potencial no se traduce automáticamente en una buena situación vitamínica.

Los expertos también advierten de un mito recurrente: se asume que, en verano, la mayor intensidad de la luz solar basta para corregir de forma natural el déficit. En la práctica, muchos pacientes llegan a consulta con niveles insuficientes incluso tras los meses estivales, lo que sugiere que la exposición real, la ropa, los horarios y los hábitos de vida están limitando la síntesis cutánea.

Además, la deficiencia de vitamina D no se limita a regiones con cielos nublados. Estudios realizados en Canarias, uno de los puntos con mayor radiación solar de Europa, han detectado una prevalencia notable de hipovitaminosis D incluso en jóvenes sanos, como estudiantes de medicina, un perfil a priori sin grandes problemas de salud.

En ese trabajo, casi dos de cada tres estudiantes presentaban niveles bajos de 25-hidroxivitamina D, el marcador que se utiliza para evaluar el estado de vitamina D. Situaciones similares se han descrito en países como Brasil, Arabia Saudí o Israel, todos con abundante sol. El patrón es claro: clima soleado no equivale a niveles óptimos.

Por qué a partir de cierta edad el déficit se dispara

Una cuestión que preocupa especialmente en Europa es lo que ocurre a partir de los 50 años. Profesionales de la nutrición y la endocrinología coinciden en que, en esta franja, la carencia de vitamina D se convierte en uno de los déficits más frecuentes, por encima de lo que muchas personas imaginan.

El nutricionista y divulgador Pablo Ojeda ha puesto sobre la mesa que el problema no se limita a “no tomar suficiente sol”. A partir de cierta edad cambian la fisiología, los hábitos y la composición corporal, y eso modifica la forma en que el organismo produce, activa y utiliza la vitamina D.

Con el envejecimiento, la piel pierde capacidad para sintetizar esta vitamina a partir de la radiación UVB. Paralelamente, muchas personas pasan más tiempo en interiores, se exponen menos, o lo hacen en horarios con menor intensidad solar. Hay también una reducción habitual de la superficie de piel descubierta, lo que limita el área disponible para la síntesis.

Se añade el factor de la composición corporal: en personas con mayor cantidad de grasa, la vitamina D tiende a quedar “secuestrada” en el tejido adiposo, quedando menos disponible en sangre. Y, además, la activación de esta vitamina depende del hígado y los riñones, órganos que pueden estar afectados por enfermedades crónicas frecuentes en la madurez.

El resultado es un escenario característico: personas que caminan a diario, salen a la calle, incluso viven en zonas muy soleadas, pero mantienen niveles insuficientes de vitamina D durante meses. Como la deficiencia no siempre genera síntomas intensos al inicio, a menudo se prolonga en silencio.

Sol, alimentación y suplementos: tres vías muy distintas

Para entender cómo abordar el problema, conviene distinguir las tres fuentes principales de vitamina D: síntesis cutánea, dieta y suplementación. No son equivalentes y cada una tiene ventajas y limitaciones que influyen directamente en la salud pública.

La radiación ultravioleta B es responsable de entre el 80 y el 90% de la vitamina D que el cuerpo puede generar. Cuando los rayos UVB alcanzan la piel, interactúan con una molécula llamada 7-dehidrocolesterol, que tras una serie de transformaciones se convierte en vitamina D3 o colecalciferol. Ese proceso, sin embargo, es extremadamente sensible a la latitud, la estación del año, la hora del día y la calidad del aire.

En España, debido a que buena parte del territorio está por encima del paralelo 35ºN, la posibilidad real de sintetizar cantidades relevantes de vitamina D es limitada en invierno y parte de la primavera. A ciertas horas del día, los rayos llegan con un ángulo que reduce mucho la fracción UVB efectiva.

El uso de fotoprotectores añade un matiz complejo: son imprescindibles para reducir el riesgo de quemaduras y cáncer de piel, pero también disminuyen la producción cutánea de vitamina D. Los dermatólogos y endocrinólogos insisten en que no se trata de prescindir de la protección, sino de planificar una exposición breve, controlada y sin quemarse, de unos 15 minutos al día en cara y brazos, en personas de piel clara y en los meses con mejor radiación.

La dieta, por su parte, aporta cantidades más modestas, pero relevantes en determinados contextos. Pescados grasos como el salmón o el arenque, hígado de ternera, yema de huevo y productos enriquecidos (por ejemplo, leches o cereales fortificados) contribuyen a mejorar los niveles, aunque rara vez son suficientes por sí solos para corregir un déficit marcado.

Recomendaciones de exposición solar y papel de las guías españolas

La Sociedad Española de Investigación Ósea y del Metabolismo Mineral (SEIOMM) ha marcado algunas pautas prácticas para ayudar a la población a mejorar su situación de vitamina D sin poner en riesgo la piel. Sus recomendaciones apuntan a pequeños gestos diarios que, sumados, pueden tener impacto.

En adultos con piel clara, se aconseja una exposición solar de unos 15 minutos al día en cara y brazos entre los meses de marzo y octubre, siempre evitando las horas centrales y sin llegar a quemarse. En personas mayores o con osteoporosis, la recomendación se eleva a unos 30 minutos diarios, ajustando según fototipo y condiciones de salud.

En todos los casos, se insiste en utilizar un factor de protección solar entre 15 y 30, modulando según el lugar de residencia y la intensidad de la radiación. El mensaje central es claro: se puede compatibilizar fotoprotección responsable con una síntesis razonable de vitamina D, siempre que la exposición sea regular y vigilada.

Las mismas guías subrayan que el déficit de vitamina D no es exclusivo de países con poca luz. El ejemplo de Canarias, donde se han detectado tasas llamativas de hipovitaminosis D en jóvenes sanos, muestra que los estilos de vida urbanos, el mayor tiempo en interiores, la ropa y los cambios de ocio influyen tanto como el clima.

En este contexto, organismos científicos y sociedades médicas recuerdan que la vitamina D es un determinante clave de la salud ósea y muscular, pero que su corrección debe enmarcarse en un plan amplio: alimentación, actividad física, prevención de caídas, control de otras carencias y valoración global del riesgo.

Vitamina D, sistema inmune y otros efectos en el organismo

Más allá del hueso, la vitamina D desempeña un papel relevante en el funcionamiento del sistema inmunitario y en la regulación de la inflamación. La nutricionista Blanca Martín, en su labor divulgativa, recuerda que un nivel bajo puede influir en las defensas sin que la persona sea plenamente consciente.

Desde el punto de vista fisiológico, la vitamina D favorece la absorción y utilización del calcio y el fósforo, contribuye al mantenimiento de huesos, músculos y dientes en condiciones normales y participa en la función neuromuscular. Un déficit mantenido se asocia a mayor riesgo de osteomalacia y osteoporosis, debilidad muscular y más probabilidad de caídas en personas mayores.

Algunos estudios observacionales han encontrado vínculos entre niveles bajos de vitamina D y fatiga crónica, dolor óseo difuso, depresión o exceso de peso. Sin embargo, en estos campos la evidencia todavía se considera incompleta, y los especialistas piden prudencia a la hora de extrapolar que suplementar vaya a resolver todos estos problemas.

Las guías clínicas coinciden en un punto: tiene sentido medir la vitamina D en grupos de riesgo (mayores, personas con poca exposición solar, osteoporosis, ciertos trastornos digestivos, obesidad, enfermedades renales o hepáticas) y suplementar cuando se demuestre un déficit real. En quienes presentan niveles adecuados, los beneficios de añadir un suplemento de forma rutinaria no están tan claros.

La Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios ha emitido alertas en los últimos años sobre intoxicaciones por exceso de vitamina D, en general relacionadas con dosis altas mantenidas sin control o errores en la formulación de algunos preparados. El principal riesgo es la hipercalcemia y las complicaciones renales, lo que refuerza el mensaje de evitar el “autotratamiento” prolongado sin supervisión.

La combinación vitamina D3 + K2 y el papel del magnesio

Uno de los temas más comentados en nutrición en los últimos tiempos es la idea de que “la vitamina D sola no trabaja bien”. Pablo Ojeda, entre otros divulgadores, ha popularizado la metáfora de que la vitamina D “abre la puerta” al calcio, mientras que la vitamina K2 decide dónde se deposita en el organismo.

Desde el punto de vista científico, se sabe que la vitamina K, especialmente en su forma K2, participa en la activación de proteínas implicadas en el transporte y fijación del calcio al hueso, y en evitar que se deposite en estructuras inadecuadas como la pared de los vasos sanguíneos. Algunos estudios sugieren que la combinación D3 + K2 podría mejorar ciertos marcadores de salud ósea y vascular frente a la administración de vitamina D sola.

No obstante, la evidencia clínica a largo plazo aún es limitada y, por ahora, no existe un consenso internacional que recomiende la combinación D3 + K2 de forma universal. Lo que sí se acepta es que tiene sentido valorar el contexto del metabolismo del calcio, especialmente en personas con riesgo cardiovascular o con enfermedades óseas concretas.

Otro nutriente que suele entrar en esta conversación es el magnesio. Este mineral interviene en numerosas reacciones enzimáticas, algunas de ellas relacionadas con la activación y el metabolismo de la vitamina D. Por ese motivo, se plantea que un estado deficiente de magnesio podría limitar la respuesta a la suplementación con vitamina D.

En la práctica, los especialistas insisten en que estas combinaciones deben plantearse dentro de una valoración clínica, revisando analíticas, medicación concomitante y otros factores de riesgo. No se trata de comprar un “pack” de suplementos por moda, sino de integrar cada pieza cuando realmente aporta valor y seguridad.

Suplementos de vitamina D: cuándo tienen sentido y en qué dosis

El auge de los suplementos ha sido especialmente visible en España durante los meses de invierno y épocas de poca exposición solar. Muchas personas recurren a la vitamina D como apoyo para el sistema inmune y la salud ósea, a menudo influenciadas por recomendaciones en redes sociales o por la publicidad de productos con alta biodisponibilidad y “formulaciones limpias”.

El Ministerio de Sanidad, sin embargo, recuerda que la suplementación debe basarse en indicación clínica y seguimiento, no en intuiciones. La recomendación oficial subraya que la vitamina D tiene un papel importante, pero no debe convertirse en un complemento automático sin evaluar antes la situación individual.

En consulta, se utiliza habitualmente la 25-hidroxivitamina D (25 OH D) como marcador del estatus de vitamina D. A partir del resultado, el profesional sanitario decide si es necesario suplementar, con qué dosis y durante cuánto tiempo. No se trata solo de alcanzar un número concreto, sino de relacionarlo con la edad, el historial médico, la medicación y otros parámetros analíticos.

En el mercado se encuentran dosis muy variadas, desde 1.000 hasta 4.000 o 5.000 UI diarias, e incluso regímenes intermitentes de dosis más altas administradas de manera puntual. Las dosis en torno a 1.000-2.000 UI suelen emplearse como mantenimiento en determinados perfiles, mientras que cantidades superiores se reservan para corregir déficits documentados bajo control profesional.

La clave, insisten los expertos, es que “más no siempre es mejor”. Tomar vitamina D de alta dosis sin indicación puede aumentar el riesgo de efectos adversos. Además, muchas personas olvidan contar el aporte que reciben de multivitamínicos, preparados “para huesos” o alimentos fortificados, con lo que la suma total acaba siendo mayor de lo esperado.

La visión de las clínicas de medicina preventiva y el orden de prioridades

Centros de medicina preventiva y de enfoque en longevidad, como Neolife, señalan que el problema no está en los suplementos en sí, sino en su uso indiscriminado. Desde estas clínicas se propone un enfoque escalonado: primero se evalúan hábitos, composición corporal y biomarcadores avanzados, y solo después se decide si un suplemento concreto tiene sentido.

Según explican, no todos los complementos son universales. La vitamina D tiene una función clara corrigiendo déficits reales; el hierro se utiliza para tratar la ferropenia; el omega-3 encaja en contextos de hipertrigliceridemia, y así sucesivamente. El objetivo es priorizar lo que realmente falta en el organismo en lugar de acumular cápsulas sin criterio.

En su práctica diaria, observan que el mayor beneficio no suele venir de “añadir un suplemento más”, sino de ajustar el que ya se toma al perfil clínico del paciente: dosis, duración, interacción con fármacos, situación renal o hepática, entre otros factores. A menudo, la intervención más adecuada consiste, simplemente, en no pautar un suplemento que no aporta.

De fondo está la idea de que cuidarse no consiste en probar todo lo que aparece en el mercado, sino en escoger pocas intervenciones, bien seleccionadas. En el caso de la vitamina D, esto se traduce en evitar la suplementación “por moda” y centrarla en quienes realmente cumplen criterios de riesgo o déficit demostrado.

El endocrinólogo Antelm Pujol, en su labor divulgativa, ha llegado a “puntuar” distintos suplementos según la evidencia disponible. En su valoración, la vitamina D recibe una calificación elevada, subrayando que su función en el organismo es esencial, pero matizando que solo se debe tomar cuando una analítica indica que hace falta, no de forma indiscriminada.

¿Tomar vitamina D solo en invierno o todo el año?

Otra duda habitual es si los suplementos de vitamina D deben usarse solo en los meses fríos o mantenerse durante todo el año. La SEIOMM recomienda una suplementación indefinida en personas con alto riesgo de déficit, adaptando la dosis y revisando periódicamente los niveles.

El endocrinólogo Pedro Rozas, del Hospital General Universitario de Ciudad Real, ha observado en su práctica clínica que un porcentaje significativo de pacientes con déficit diagnosticado interrumpe la suplementación durante el verano, lo que se conoce como “vacaciones terapéuticas”, y no siempre retoma el tratamiento después.

Para muchos de estos pacientes, explica, suspender el suplemento no es lo más adecuado, ya que en poco tiempo se produce un descenso marcado en los niveles de vitamina D. El riesgo es especialmente alto en personas con osteoporosis, muy poca exposición solar o múltiples factores de riesgo de hipovitaminosis D.

Por ello, en no pocos casos la indicación es mantener la pauta durante todo el año, con controles periódicos y evitando cambios por cuenta propia. El mensaje para la población es que el hecho de que en verano haga más sol no garantiza automáticamente la normalización de los niveles, sobre todo cuando entran en juego edad, medicación u otras enfermedades.

En cualquier caso, el nutriente, ya sea en forma de colecalciferol o de preparados como el calcifediol, debe utilizarse siempre bajo prescripción médica, respetando dosis y frecuencia indicadas y evitando duplicar productos que aporten la misma vitamina.

Alimentos enriquecidos con vitamina D: el caso de la leche fortificada

Además de la exposición solar y los suplementos, ganan protagonismo los alimentos enriquecidos con vitamina D y calcio, especialmente en grupos de riesgo como las mujeres posmenopáusicas. La idea es aprovechar productos de consumo habitual para mejorar el perfil nutricional diario sin recurrir necesariamente a pastillas.

Un estudio reciente, publicado en la revista científica Frontiers in Nutrition, ha analizado el efecto del consumo diario de leche enriquecida con calcio y vitamina D en un grupo de 97 mujeres posmenopáusicas. Durante un año, las participantes tomaron 400 mililitros de una leche fortificada o de leche fresca convencional, comparando después densidad mineral ósea y otros parámetros.

Los resultados muestran que el grupo que consumió la leche enriquecida con calcio y vitamina D experimentó un aumento significativo de la densidad mineral ósea en columna y cadera, zonas clave para la prevención de fracturas. También se observó una menor pérdida de masa ósea y mejores marcadores bioquímicos relacionados con el metabolismo óseo.

Además, estas mujeres presentaron niveles más altos de vitamina D, calcio y fósforo, nutrientes fundamentales para la mineralización del hueso. El grupo que tomó leche normal también mejoró en algunos parámetros, como el calcio sanguíneo, aunque en menor medida, confirmando que el consumo de lácteos habituales contribuye a la salud ósea, pero que la fortificación añade un plus.

Un aspecto novedoso del trabajo es el análisis de la microbiota intestinal. La leche enriquecida se asoció a un aumento de bacterias consideradas beneficiosas, como ciertos Bacteroides y Subdoligranulum, vinculadas a mejor digestión, absorción de minerales y equilibrio metabólico, así como a modificaciones en rutas relacionadas con la inflamación y la regeneración del tejido óseo.

Los autores señalan que no se registraron efectos adversos relevantes ni aumentos de peso imputables a la intervención, y proponen seguir investigando para definir las cantidades óptimas de fortificación y su impacto real en la prevención de fracturas a largo plazo. Aun así, plantean la leche enriquecida en calcio y vitamina D como una estrategia complementaria y fácil de integrar en la rutina para prevenir la osteoporosis en esta etapa vital.

Quién se beneficia más de vigilar su vitamina D

No todas las personas tienen el mismo riesgo de déficit ni van a necesitar el mismo abordaje. Las sociedades científicas señalan varios grupos en los que conviene prestar especial atención a los niveles de vitamina D y considerar la suplementación bajo supervisión.

Entre ellos están los niños y adolescentes en crecimiento, cuando existe poca exposición solar o dietas muy restrictivas; las mujeres embarazadas, por su impacto en el desarrollo fetal y la salud materna; las personas mayores de 75 años y quienes viven en residencias o tienen movilidad reducida; y pacientes con prediabetes, obesidad o enfermedades crónicas que afecten a la absorción o el metabolismo de la vitamina D.

En estos perfiles, muchos profesionales recomiendan realizar una analítica específica y, si se confirma la carencia, pautar dosis calculadas para alcanzar y mantener niveles adecuados. Siempre queda claro que el suplemento no sustituye a una alimentación equilibrada ni al ejercicio físico, sino que actúa como apoyo dentro de una estrategia más amplia.

Al mismo tiempo, se advierte de los riesgos de abusar de la vitamina D. Un exceso prolongado puede provocar náuseas, debilidad muscular, deshidratación, depósitos de calcio en tejidos blandos y daño renal. Estos escenarios se han visto tanto con suplementos de venta libre tomados sin control como con preparados de dosis altas mal utilizados.

Las autoridades sanitarias recomiendan, por tanto, que la población general no se automedique con vitamina D a largo plazo sin valoración previa. Consultar con un profesional permite ajustar la pauta, evitar duplicidades y controlar la evolución con analíticas periódicas.

Una pauta práctica que sugieren muchos especialistas es realizar un “checklist” sencillo a partir de los 50 años: revisar exposición al sol, estado óseo, presencia de caídas, medicación crónica, peso corporal, posibles problemas digestivos y, en función de esto, valorar si tiene sentido medir la vitamina D y actuar en consecuencia.

Con todo este contexto, la vitamina D se perfila hoy como un marcador clave de salud ósea y metabólica que exige equilibrio: aprovechar el sol con cabeza, cuidar la alimentación, recurrir a alimentos fortificados cuando pueden aportar un plus y utilizar los suplementos solo cuando están indicados, ajustando dosis y duración según analíticas y criterio médico; no se trata de demonizarla ni de convertirla en panacea, sino de integrarla con sentido común en una estrategia de salud que tenga en cuenta la edad, los hábitos y la realidad de cada persona.

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