Ultraprocesados comparados con el tabaco: el nuevo pulso por las etiquetas en Europa

  • Francia estudia un logo negro de advertencia específico para alimentos ultraprocesados, inspirándose en el modelo del tabaco.
  • El Inserm propone esta etiqueta como complemento al Nutriscore y reclama más transparencia sobre aditivos y procesos.
  • Un trabajo internacional en The Lancet equipara el impacto de los ultraprocesados con el tabaquismo por su relación con obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares.
  • La industria agroalimentaria francesa cuestiona la clasificación NOVA y presiona contra una regulación más estricta en Europa.

Alimentos ultraprocesados comparados con el tabaco

La comparación de los alimentos ultraprocesados con el tabaco ha dejado de ser una simple metáfora para convertirse en un auténtico campo de batalla de salud pública en Europa. Francia se ha situado en el centro de este debate con una propuesta pionera: un logo de advertencia específico para este tipo de productos, similar, en espíritu, a las advertencias presentes en las cajetillas de cigarrillos.

Esta iniciativa llega en un momento en que la evidencia científica sobre los riesgos de los ultraprocesados gana peso, y coincide con un choque frontal entre científicos, organismos de salud pública y una poderosa industria agroalimentaria que trata de frenar cualquier medida que pueda recordar al modelo regulatorio del tabaco.

Un recuadro negro para señalar los ultraprocesados

El organismo público francés dedicado a la investigación en salud, el Inserm (Instituto Nacional de la Salud e Investigación Médica), ha diseñado un logotipo inédito en Europa: un recuadro negro que identificaría claramente a los alimentos ultraprocesados en el lineal del supermercado. No sustituiría a otros sistemas existentes, sino que se plantearía como un complemento visual al conocido Nutriscore.

El objetivo de este recuadro es que el consumidor pueda saber, de un vistazo, que está ante un producto con un elevado grado de transformación industrial, más allá de su composición nutricional inmediata. De este modo, se diferenciarían dos planos: por un lado, la calidad nutricional (azúcares, grasas, sal, fibra…) y, por otro, el nivel de procesamiento, cada vez más señalado como factor de riesgo independiente.

Según la propuesta, el logo de advertencia se aplicaría a alimentos que encajan en la definición de ultraprocesados, caracterizados por la presencia de ingredientes industriales poco habituales en una cocina doméstica, como ciertos aditivos, potenciadores del sabor, colorantes, edulcorantes y sustancias derivadas de procesos tecnológicos complejos.

La etiqueta, aún pendiente de aprobación por parte de las autoridades francesas, se plantea como una medida sin precedentes en la Unión Europea y se inspira, en parte, en la filosofía de las advertencias sobre los paquetes de tabaco: informar de forma clara y visible de un riesgo asociado al consumo regular.

Etiqueta de advertencia para ultraprocesados

Nutriscore y logo de ultraprocesados: dos herramientas que se complementan

Francia fue uno de los primeros países europeos en impulsar de forma decidida el Nutriscore, un etiquetado frontal tipo “semáforo” que clasifica la calidad nutricional de los productos en cinco niveles, del verde (A) al rojo (E). Este sistema se aplica de forma voluntaria desde 2017 en varios países, entre ellos España, aunque sigue siendo objeto de polémica.

La epidemióloga nutricional Mathilde Touvier, investigadora del Inserm y una de las caras visibles del proyecto Nutriscore en Francia, defiende que el nuevo logo de ultraprocesados no compite con el semáforo nutricional, sino que refuerza su mensaje. A su juicio, ambos sistemas apuntan en la misma dirección: ayudar a la población a tomar decisiones más saludables y reducir la carga de enfermedad relacionada con la alimentación.

Touvier denuncia que ciertos grupos de presión de la agroindustria tratan de enfrentar ambos logos, presentándolos como incompatibles o confusos para el consumidor. Según la investigadora, este discurso busca, en realidad, frenar cualquier avance regulatorio que obligue a las empresas a ser más transparentes sobre el contenido y el grado de transformación de sus productos.

Uno de los puntos más sensibles para la industria es la exigencia de informar con mayor detalle sobre las dosis de aditivos y otras sustancias tecnológicas utilizadas en la fabricación. La introducción de una etiqueta específica para ultraprocesados pondría el foco precisamente en esas “recetas industriales” que suelen permanecer en segundo plano en el actual etiquetado.

En el plano político, el Nutriscore ya ha generado tensiones en el Parlamento francés. Una propuesta para hacer obligatoria su aplicación en todos los productos envasados llegó a debatirse en la Asamblea Nacional y el Senado, en el marco de la ley de financiación de la Seguridad Social, pero finalmente fue rechazada por un margen muy ajustado. Aun así, sus defensores insisten en que buscarán nuevas vías para convertirlo en una herramienta generalizada en Francia y, a medio plazo, en el conjunto de la Unión Europea.

Un estudio internacional equipara su impacto al del tabaco

El nuevo pulso regulatorio no surge de la nada. Viene respaldado por un amplio cuerpo de evidencia científica, en el que destaca un trabajo internacional publicado en la revista The Lancet, elaborado por 43 expertos de diversos países. Este estudio considera que los alimentos ultraprocesados constituyen un problema de salud pública de primer orden, comparable al tabaquismo por su impacto sobre la población.

Según las conclusiones de este trabajo, el consumo habitual de ultraprocesados se asocia de forma consistente con un mayor riesgo de obesidad, diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares, entre otras patologías crónicas y efectos sobre el cerebro. Los autores sostienen que ya existe suficiente evidencia para pasar de la mera recomendación a la regulación activa de estos productos, siguiendo una lógica parecida a la del control del tabaco.

Los ultraprocesados se caracterizan por el uso de ingredientes baratos y de baja calidad nutricional, con altos niveles de sal, azúcares añadidos y grasas poco saludables, además de una escasa presencia de fibra y proteínas. A ello se suma la incorporación habitual de aditivos, sustancias químicas y compuestos generados por los propios procesos tecnológicos de fabricación, sobre los que todavía se investiga su efecto a largo plazo en el organismo.

Desde esta perspectiva, el paralelismo con el tabaco no se refiere únicamente al daño potencial, sino también al modelo de negocio y de marketing: productos diseñados para un consumo frecuente, muy accesibles, intensamente publicitados y a menudo dirigidos a población joven o con menos recursos, donde el impacto sanitario y social acaba siendo mayor.

Los autores del estudio instan a los gobiernos a adoptar medidas que van más allá de las campañas informativas, incluyendo restricciones de publicidad, impuestos específicos, límites en la formulación y la introducción de advertencias visibles en el envase, de forma similar a lo que se ha hecho con el tabaco en las últimas décadas.

Debate europeo sobre ultraprocesados

La definición de ultraprocesados, en el punto de mira

Pese al respaldo científico creciente, uno de los principales campos de batalla es la propia definición de qué es un alimento ultraprocesado. Buena parte de las investigaciones y de las propuestas regulatorias se basan en la clasificación NOVA, desarrollada por el epidemiólogo brasileño Carlos Monteiro, que agrupa los alimentos en cuatro categorías según su grado de procesamiento.

La Asociación Nacional de las Industrias Alimentarias de Francia (ANIA), uno de los lobbies más influyentes del sector agroalimentario europeo, cuestiona abiertamente esta clasificación. Sostiene que los criterios de ultratransformación son imprecisos y que pueden dar lugar a interpretaciones distintas dependiendo de quién aplica el sistema.

ANIA argumenta que, al no existir un algoritmo o un esquema de decisión cerrado, dos evaluadores distintos pueden clasificar un mismo producto de forma diferente. Desde su punto de vista, esto convertiría a NOVA en una herramienta poco fiable para sustentar una regulación vinculante, como podría ser la imposición de etiquetas de advertencia o restricciones en la publicidad.

Para reforzar sus posiciones, el lobby cita los trabajos de la investigadora Véronique Braesco, antigua integrante del Instituto Nacional de Investigación Agronómica (INRA) y actualmente asesora de empresas alimentarias en materia de nutrición y regulación. Sus análisis son empleados para defender que la línea que separa lo procesado de lo ultraprocesado no es tan clara como a menudo se presenta en el debate público.

Por su parte, la Agencia Nacional de Seguridad Sanitaria (ANSES) francesa reconoce que la clasificación NOVA tiene ciertos límites metodológicos, pero no por ello descarta el problema de fondo. El organismo oficial pide que se investiguen con más detalle dos cuestiones clave: la relación directa entre consumo de ultraprocesados y obesidad, y el posible efecto nocivo de las nuevas sustancias formadas durante los procesos de transformación industrial de los alimentos.

El tablero político: de París a Bruselas y Madrid

El debate sobre cómo regular los ultraprocesados y cómo compararlos con el tabaco no se queda en el plano académico. En Francia, la cuestión ha llegado al corazón del debate parlamentario con iniciativas para fortalecer el Nutriscore y explorar nuevas formas de advertencia, como el recuadro negro propuesto por el Inserm.

En el caso del Nutriscore, la propuesta de imponer su uso de manera obligatoria incluía incluso la posibilidad de sancionar a las empresas que no lo aplicasen con multas equivalentes al 5 % de su facturación. De haberse aprobado, Francia se habría convertido en el primer país de Europa en dar este paso, estableciendo un precedente relevante para otros Estados miembros.

La votación final en la Asamblea Nacional se saldó con el rechazo de la medida, pero el margen fue tan estrecho que muchos observadores consideran que el asunto volverá a ponerse sobre la mesa. Senadores y diputados favorables al etiquetado frontal aseguran que seguirán presentando iniciativas, conscientes de que la opinión pública es cada vez más sensible a la relación entre dieta, ultraprocesados y enfermedades crónicas.

En paralelo, el debate francés tiene eco directo en otros países europeos, incluidos España y los Estados del entorno mediterráneo, donde los ultraprocesados han ido ganando espacio en la cesta de la compra a costa de patrones tradicionales como la dieta mediterránea. La discusión sobre logos de advertencia y regulaciones más estrictas podría abrir la puerta a una armonización europea en los próximos años.

Impacto de los ultraprocesados en la salud

Mientras las instituciones comunitarias valoran diferentes modelos de etiquetado y posibles estrategias comunes, la comparación de los ultraprocesados con el tabaco se ha convertido en una idea fuerza que marca el tono del debate. Los partidarios de una regulación dura ven en esta analogía una forma eficaz de transmitir la magnitud del problema, mientras que la industria advierte del riesgo de “demonizar” categorías enteras de productos.

En este contexto, las próximas decisiones sobre logos de advertencia, obligatoriedad del Nutriscore y definición legal de ultraprocesados serán clave para determinar si Europa opta por un enfoque más cercano al modelo del tabaco, con fuertes restricciones y mensajes muy claros en los envases, o si mantiene una línea más suave basada sobre todo en la información voluntaria y la responsabilidad individual. Lo que parece fuera de duda es que el papel de los ultraprocesados en la salud pública ha dejado de ser una cuestión secundaria y se ha situado, al menos en Francia y progresivamente en el resto del continente, en el centro de la agenda alimentaria.

alimentos ultraprocesados y enfermedades crónicas
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