Las proteínas se han convertido en uno de los nutrientes más relevantes en la conversación sobre salud y envejecimiento. Desde la nutrición clínica hasta la biotecnología, su papel es fundamental para entender cómo nuestro cuerpo se mantiene fuerte, se recupera y, en el futuro, podría protegerse de enfermedades complejas. La ciencia actual apunta a que no solo importa la cantidad, sino también la calidad y la fuente de las proteínas, especialmente en etapas avanzadas de la vida. Este interés ha llevado a expertos en nutrición, médicos e investigadores a explorar nuevas vías para aprovechar al máximo sus beneficios.
En el contexto europeo y español, donde la esperanza de vida es de las más altas del mundo, garantizar un buen estado de salud durante la vejez se ha vuelto una prioridad. La pérdida de masa muscular y la fragilidad son amenazas reales para la autonomía de las personas mayores. Por eso, tanto las recomendaciones dietéticas como los últimos avances científicos coinciden en que las proteínas son un pilar básico para afrontar esta etapa con garantías, aunque las estrategias para consumirlas estén evolucionando.
El reto de mantener la fuerza en verano
Durante los meses de calor, es habitual que las personas mayores pierdan el apetito. Gazpacho, frutas, ensaladas… opciones frescas y saludables que, si se convierten en la base casi exclusiva de la dieta, pueden dejar fuera nutrientes esenciales como las proteínas. La directora médica de Sanitas Mayores, Miriam Piqueras, advierte que «no se trata de comer más cantidad, sino de asegurar que cada comida tenga suficiente valor nutricional». La proteína es clave para mantener la masa muscular, la fuerza y la capacidad funcional. Sin ella, se acelera la pérdida de músculo, lo que dificulta la movilidad y la recuperación ante enfermedades o ingresos hospitalarios.
La nutricionista Nuria Cañas, de Blua de Sanitas, recomienda enriquecer los platos fríos «con huevo cocido, pescado azul, pollo, legumbres, queso fresco, yogur natural o frutos secos triturados». Estos gestos sencillos permiten que una ensalada o un plato de fruta sean completos. Además, se aconseja adaptar las texturas para personas con problemas de masticación, recurriendo a purés, pescados blandos o legumbres trituradas, y aprovechar el desayuno como un momento clave para consumir proteínas, ya que muchas personas mayores comen menos al final del día. Tampoco se deben descuidar las señales de alerta como el cansancio persistente o la pérdida de peso involuntaria, que indican que la alimentación no está cubriendo las necesidades del organismo.

Reducir proteínas, ¿una estrategia para vivir más?
Un estudio publicado en la revista ‘Cell Metabolism’ ha puesto sobre la mesa una idea que desafía las recomendaciones más extendidas. Investigadores de la Universidad del Sur de California han observado que una dieta baja en proteínas, pero con un aporte moderado de metionina -un aminoácido presente en carnes, huevos y lácteos- podría favorecer la longevidad. Los experimentos con ratones mostraron que este tipo de dieta, inspirada en patrones de la dieta mediterránea y de la isla de Okinawa, reducía la masa grasa y la fragilidad, y mejoraba las señales metabólicas relacionadas con el control de la glucosa y el metabolismo de las grasas.
El análisis de más de 200.000 personas también encontró que una mayor ingesta de proteína animal se asociaba a una mayor prevalencia de obesidad y diabetes tipo 2. Los autores, sin embargo, recalcan que se trata de una asociación y no de una relación causal. Aun así, estos resultados invitan a reflexionar sobre la composición de la dieta. No se trata de eliminar las proteínas, sino de buscar el equilibrio adecuado. De hecho, una ingesta insuficiente de metionina aumentaba la fragilidad, mientras que un exceso hacía desaparecer los beneficios observados.
Este enfoque es particularmente relevante en España, donde la dieta mediterránea tradicionalmente ha incluido una buena cantidad de legumbres, pescado y vegetales, con un consumo más moderado de carnes rojas. Combinar estas fuentes vegetales y animales podría ser la clave para una vejez más saludable, manteniendo la masa magra y evitando el exceso de calorías.
El yogur: un pequeño gesto con grandes beneficios
Mientras la ciencia estudia estos complejos mecanismos, hay gestos cotidianos más simples que también importan. El sociólogo y dietista Miodrag Borges, experto en microbiota, ha alertado en sus redes sociales sobre un error muy común: tirar el líquido que aparece en la parte superior del yogur. Este líquido es el suero, una parte líquida compuesta principalmente por agua que se separa de forma natural. Lejos de ser un defecto, el suero contiene proteínas de alta calidad, vitaminas del grupo B, minerales como calcio, fósforo y magnesio, y péptidos bioactivos con propiedades beneficiosas.
El microbiólogo Frank Devlieghere y la farmacéutica Gemma del Caño coinciden en que tiene valor nutricional y es un error desecharlo. Incluso el médico Manuel Viso lo define como «un auténtico concentrado de nutrientes». Para aprovecharlo, solo hay que mover el yogur para que se integre de nuevo con la parte sólida. Un pequeño cambio que no cuesta nada y que hace que el yogur sea un alimento más completo, ayudando a alcanzar los objetivos de ingesta proteica diaria.

La próxima frontera: proteínas ‘intratables’
En el ámbito de la investigación biomédica, la biotecnológica barcelonesa Nuage Therapeutics está trabajando para resolver un desafío que ha frenado el desarrollo de nuevos fármacos durante décadas. Se trata de las proteínas intrínsecamente desordenadas (IDPs), que no tienen una estructura tridimensional estable, lo que las hace muy difíciles de abordar con los medicamentos tradicionales. Estas proteínas están implicadas en enfermedades como el cáncer, el Alzheimer o el Parkinson, y se estima que cerca del 40% de las proteínas humanas contienen regiones desordenadas.
La compañía, fundada a partir de la investigación del biofísico Xavier Salvatella en el IRB Barcelona, ha desarrollado una plataforma para identificar los momentos en los que estas proteínas adoptan temporalmente una conformación más estable. Es entonces cuando un fármaco puede unirse a ellas y actuar. Su primer objetivo es ASCL1, un factor de transcripción implicado en el cáncer de pulmón microcítico, una forma especialmente agresiva. Según su consejero delegado, Stuart Hughes, «si conseguimos demostrar que este enfoque funciona, validaremos una forma completamente nueva de descubrir fármacos». Esta tecnología podría aplicarse en el futuro a enfermedades neurodegenerativas. La capacidad de actuar sobre proteínas hasta ahora ‘intratables’ supondría un cambio de paradigma en la medicina.
Una visión europea de las proteínas
En un plano más político, la Unión Europea ha presentado recientemente su Plan de Acción sobre Proteínas, con el objetivo de reducir la dependencia de las importaciones de soja y fomentar las proteínas vegetales producidas en Europa. Sin embargo, la Alianza Europea de Productos del Mar (EUSeA) ha denunciado la exclusión de los alimentos acuáticos de este plan. La pesca y la acuicultura son una fuente de proteínas nutritiva y de alta calidad que sostiene economías locales y contribuyen a la seguridad alimentaria.
El sector reclama un «reconocimiento similar» al que ha recibido la ganadería, que ahora se considera un activo estratégico para la UE. Los alimentos azules, como se denomina a los productos del mar, podrían jugar un papel clave en la resiliencia del sistema alimentario europeo. La inclusión de los productos del mar en las estrategias alimentarias no solo es una cuestión de justicia sectorial, sino que garantizaría un suministro diverso y sostenible de proteínas para los ciudadanos europeos.
En definitiva, ya sea a través de la alimentación diaria, de la investigación de vanguardia o de las políticas agrarias, las proteínas se sitúan en el centro de un debate que busca asegurar el bienestar de las personas. La ciencia actual sostiene que es posible combinar el conocimiento tradicional y las nuevas tecnologías para mejorar la calidad de vida de la población. Comer mejor, investigar más y diseñar políticas alimentarias inteligentes son los ejes sobre los que pivota el futuro de la salud en Europa. Asegurar un aporte adecuado de proteínas, tanto en cantidad como en calidad, es una inversión para una vida más larga y con mayor bienestar.


