Superar un cáncer ya supone un reto enorme, pero seguir una dieta cargada de alimentos ultraprocesados podría perjudicar las perspectivas de vida de quienes han pasado por la enfermedad, según una investigación reciente de gran alcance realizada en Italia.
El trabajo, publicado en la revista científica Cancer Epidemiology, Biomarkers & Prevention, apunta a que el nivel de procesamiento de lo que comemos después del diagnóstico de cáncer puede marcar diferencias importantes en la supervivencia a largo plazo, más allá de las calorías o los nutrientes que figuran en la etiqueta.
Un estudio pionero en supervivientes de cáncer

La investigación fue llevada a cabo por la Unidad de Investigación de Epidemiología y Prevención del IRCCS Neuromed, en la región de Molise, al sur de Italia, dentro del amplio estudio poblacional Moli-sani. Este proyecto sigue desde 2005 a más de 24.000 personas adultas residentes en la zona para analizar cómo la dieta y el estilo de vida influyen en la salud.
Dentro de esa cohorte se identificaron 802 supervivientes de cáncer (476 mujeres y 326 hombres) que, años después del diagnóstico, proporcionaron información detallada sobre lo que comían a través del cuestionario de frecuencia alimentaria utilizado en el estudio europeo EPIC (Investigación Prospectiva Europea sobre Cáncer y Nutrición).
El seguimiento se extendió durante una mediana de 14,6 años, es decir, la mitad de los participantes fue observada durante más de 14,6 años y la otra mitad durante un periodo algo menor. En ese tiempo se registraron 281 fallecimientos entre las personas que habían superado un cáncer.
Para analizar el patrón de alimentación, el equipo aplicó la clasificación NOVA, un sistema internacional que agrupa los productos en función del grado y la finalidad del procesamiento industrial, y que distingue claramente a los alimentos ultraprocesados de los frescos o mínimamente procesados.
Qué se considera un alimento ultraprocesado
Los llamados ultraprocesados son productos elaborados casi por completo a partir de sustancias refinadas derivadas de alimentos (almidones, azúcares añadidos, grasas, proteínas aisladas) a los que se incorporan numerosos aditivos para mejorar su sabor, textura, aspecto o vida útil.
Este tipo de alimentos suele aportar poca fibra, pocas vitaminas y minerales, y destaca por la presencia de emulsionantes, colorantes, saborizantes artificiales, conservantes y otros ingredientes que no se suelen usar en una cocina doméstica. Esa combinación, según los expertos, puede influir en cómo el organismo procesa y responde a estos productos.
Entre los ejemplos habituales se encuentran la bollería industrial y otros productos horneados envasados, los cereales de desayuno muy azucarados, platos listos para comer o calentar, refrigerados o congelados, y buena parte de los embutidos y fiambres de charcutería producidos a gran escala.
Los investigadores calcularon la exposición a ultraprocesados de dos formas: por un lado, el porcentaje en peso que representaban dentro de la dieta diaria total (alimentos y bebidas); por otro, el porcentaje de energía, es decir, qué fracción de las calorías procedía de este tipo de productos.
Más ultraprocesados, más mortalidad
Al dividir a los supervivientes de cáncer en tres grupos según la proporción en peso de ultraprocesados en su alimentación, los científicos observaron que quienes estaban en el tercio con consumo más alto presentaban un 48 % más de mortalidad por cualquier causa que quienes se encontraban en el tercio de menor consumo.
La diferencia fue aún más marcada al fijarse solo en las muertes por cáncer: los supervivientes con mayor ingesta de ultraprocesados acumulaban un 59 % más de riesgo de fallecer por la enfermedad en comparación con los que apenas recurrían a este tipo de productos en su día a día.
Cuando el análisis se centró en la proporción energética (qué parte de las calorías procedía de ultraprocesados), la asociación se mantuvo clara en el caso de la mortalidad por cáncer, aunque resultó menos consistente para otras causas de muerte, algo que los autores atribuyen a las diferencias entre alimentos pesados pero poco calóricos y otros muy calóricos pero ligeros.
Un aspecto relevante es que estos resultados se obtuvieron tras ajustar por variables clave como la edad, el sexo, el hábito de fumar, el índice de masa corporal, la actividad física, el tipo de cáncer que había sufrido cada persona, sus antecedentes médicos y la Escala de la Dieta Mediterránea.
Que la relación entre ultraprocesados y mortalidad siguiera siendo significativa incluso teniendo en cuenta la calidad general de la alimentación sugiere que no se trata solo de una cuestión de “mala dieta”, sino del propio papel del procesamiento industrial en la salud a largo plazo.
No es solo una cuestión de calorías o nutrientes
Hasta ahora, buena parte de los estudios en supervivientes de cáncer se había centrado en nutrientes aislados (por ejemplo, grasas, proteínas, vitaminas o fibra), sin prestar demasiada atención a cómo se elaboran los alimentos que los contienen. El trabajo liderado por la epidemióloga Marialaura Bonaccio pone el foco precisamente en ese punto.
Según explica la investigadora, las sustancias y métodos empleados durante el procesamiento industrial pueden interferir con los procesos metabólicos, modificar de forma notable la microbiota intestinal y favorecer estados de inflamación de bajo grado que se mantienen en el tiempo.
Esto implica que dos alimentos con un perfil nutricional aparentemente parecido sobre el papel —por ejemplo, similar cantidad de grasas, azúcares y proteínas— pueden tener efectos muy distintos en el organismo, si uno está mínimamente transformado y el otro es un ultraprocesado cargado de aditivos.
Desde la Asociación Americana para la Investigación del Cáncer (AACR), que difundió los resultados en el marco del Día Mundial contra el Cáncer, se incide en que los ultraprocesados tienden a desplazar la presencia de alimentos frescos en la dieta, reforzando patrones de alimentación menos saludables en conjunto.
En ese sentido, los autores señalan que aunque algunos subgrupos concretos de ultraprocesados mostraron asociaciones más claras que otros con la mortalidad, evaluar estos productos de forma aislada es complicado; lo más razonable es considerar el patrón alimentario completo y el nivel global de procesamiento al que está expuesta la persona.
La inflamación y el corazón, piezas clave del puzzle
Para intentar descifrar por qué el consumo de ultraprocesados se vincula a un mayor riesgo de muerte, el equipo analizó diversos biomarcadores inflamatorios, metabólicos y cardiovasculares obtenidos de análisis de sangre y registros clínicos de los participantes.
Cuando los modelos estadísticos se ajustaron para tener en cuenta las puntuaciones inflamatorias y la frecuencia cardíaca en reposo, la fuerza de la asociación entre ultraprocesados y mortalidad por cualquier causa se redujo aproximadamente en un 37 %.
Este descenso sugiere que una parte relevante del vínculo entre un alto consumo de ultraprocesados y peor pronóstico tras el cáncer se explicaría por mayores niveles de inflamación crónica y por una frecuencia cardíaca basal más elevada, factores que se han relacionado en múltiples estudios con un mayor riesgo cardiovascular y oncológico.
Aun así, los investigadores advierten de que estos mecanismos no explicarían del todo la relación observada, por lo que podrían intervenir otras vías biológicas, como alteraciones hormonales, resistencia a la insulina o cambios en la composición y función de la microbiota intestinal.
En conjunto, los datos refuerzan la idea de que el procesamiento intensivo de los alimentos no es un mero detalle tecnológico, sino un elemento con impacto propio sobre la fisiología humana, especialmente en poblaciones vulnerables como quienes han pasado por un cáncer.
Limitaciones del estudio y prudencia en la interpretación
Al tratarse de un estudio de tipo observacional, los autores insisten en que no se puede demostrar una relación causa-efecto de manera definitiva entre ultraprocesados y mortalidad en supervivientes de cáncer; solo se puede hablar de asociaciones consistentes.
La información dietética, además, fue autodeclarada por los propios participantes, algo habitual en epidemiología nutricional pero que siempre conlleva cierto margen de error, ya sea por olvidos, estimaciones poco precisas de las cantidades o la tendencia a infraestimar el consumo de algunos productos.
Otro punto a tener en cuenta es que los hábitos alimentarios se midieron, de media, 8,4 años después del diagnóstico de cáncer, por lo que no se dispone de una fotografía completa de cómo comían los supervivientes en las fases iniciales del tratamiento o justo después de superarlo.
El número de fallecimientos, aunque relevante, sigue siendo limitado para algunas comparaciones específicas, y no se contó con información detallada sobre el estadio del cáncer en el momento del diagnóstico, un dato que podría influir en el pronóstico a largo plazo.
Pese a estas limitaciones, los resultados son coherentes con otras investigaciones realizadas en población general europea que vinculan un alto consumo de ultraprocesados con mayor incidencia de enfermedades cardiovasculares, obesidad, diabetes tipo 2 y determinados tumores.
Qué implican estos hallazgos para pacientes y supervivientes en Europa
En el contexto europeo, donde se promueve la dieta mediterránea como patrón alimentario de referencia
Los supervivientes forman un grupo especialmente sensible, ya que arrastran las consecuencias físicas y emocionales del tratamiento y suelen convivir con un mayor riesgo de recaídas u otros problemas de salud. Para ellos, pequeños ajustes sostenidos en la alimentación pueden suponer una diferencia importante en la calidad y la expectativa de vida.
Los autores subrayan que el mensaje no es demonizar un producto concreto, sino reducir la presencia global de ultraprocesados en la cesta de la compra y en la despensa, favoreciendo opciones frescas, sencillas y, siempre que sea posible, cercanas al estilo de cocina casera tradicional en países como España o Italia.
En la práctica, esto se traduce en dar prioridad a alimentos como verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos secos, pescado, aceite de oliva virgen extra y productos lácteos poco procesados, reservando los ultraprocesados para ocasiones muy puntuales.
Desde la perspectiva de salud pública, estos datos refuerzan la necesidad de políticas que faciliten el acceso a alimentos frescos, etiquetados claros y campañas de información dirigidas tanto a la población general como a colectivos con patologías crónicas.
Cómo identificar y reducir los ultraprocesados en el día a día
Más allá de las cifras, el equipo de Neuromed propone una regla sencilla para consumidores y pacientes oncológicos: mirar bien las etiquetas. Si un producto contiene más de cinco ingredientes o incluye al menos un aditivo alimentario poco habitual en una cocina doméstica, es muy probable que estemos ante un ultraprocesado.
Esto aplica a muchos artículos que se perciben como inocuos o incluso «saludables» por su imagen o su publicidad, pero que en la lista de ingredientes muestran azúcares añadidos, jarabes, grasas refinadas, potenciadores del sabor, espesantes o colorantes.
Una estrategia práctica consiste en “dar la vuelta” al carro de la compra: reducir los productos envasados que dependen de mezclas extensas de ingredientes y priorizar aquellos que, en esencia, son lo que parecen (por ejemplo, garbanzos, tomates, arroz integral, yogur natural sin azúcar añadido).
Para los supervivientes de cáncer, los especialistas recomiendan, en la medida de lo posible, planificar menús sencillos, cocinar más en casa, aprovechar la temporada de frutas y verduras y recurrir a técnicas culinarias básicas (hervidos, guisos, plancha, horno) que no requieran preparados industriales.
Los autores recuerdan que no hace falta aspirar a una perfección imposible: lo importante es que, con el paso de los meses y los años, la proporción de ultraprocesados en la dieta vaya bajando y ganen espacio los alimentos frescos y poco transformados.
Tomando en conjunto las evidencias de este trabajo y de otros realizados en Europa, el mensaje para quienes han superado un cáncer es claro: lo que se come después del tratamiento importa, y mucho. Aunque no se pueda afirmar que los ultraprocesados sean la causa directa de una mayor mortalidad, sí parecen contribuir a empeorar el pronóstico, probablemente a través de la inflamación, la salud cardiovascular y otros mecanismos. Apostar por una alimentación basada en alimentos integrales, frescos y mínimamente procesados, y dejar los ultraprocesados en un segundo plano, se perfila como una decisión sensata para cuidar la salud a largo plazo.