Durante años, el debate sobre los alimentos ultraprocesados se ha centrado en el peso corporal, la diabetes o el riesgo cardiovascular. Sin embargo, hoy la pregunta se amplía: ¿pueden afectar también al cerebro, a los músculos o incluso a la salud de los más pequeños? Mientras la ciencia aporta nuevas evidencias, España ya está dando pasos concretos para limitar su presencia en colegios y residencias, con medidas que buscan proteger a la población desde la infancia hasta la tercera edad.
Los ultraprocesados son productos formulados industrialmente, con alta densidad energética, bajo contenido de fibra y presencia de aditivos, almidones modificados, grasas refinadas o azúcares añadidos. El problema no es solo lo que llevan, sino también lo que desplazan: frutas, verduras, legumbres, frutos secos, pescado y cereales integrales, alimentos que aportan fibra, antioxidantes y micronutrientes esenciales para el sistema nervioso y el metabolismo. Varios estudios recientes han puesto el foco en los peligros de los ultraprocesados para la salud, y las conclusiones no dejan indiferente a nadie.
Nuevas regulaciones en centros educativos y residencias

El Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 ha anunciado una regulación pionera para los desayunos y meriendas en todos los centros educativos. A partir de ahora, estos servicios deberán ser variados y equilibrados, elaborados a base de fruta fresca, cereales integrales, lácteos sin azúcar añadido, aceite de oliva virgen y proteína, incluida la vegetal. Quedan excluidos los ultraprocesados como bollería, galletas, snacks salados, precocinados y bebidas azucaradas, siguiendo los criterios del adiós definitivo a los ultraprocesados en los comedores escolares aprobado en 2025. La medida también incluye la reducción de envases de plástico y el fomento de materiales sostenibles.
Paralelamente, la Diputación de Cuenca ha implantado un nuevo modelo integral de alimentación en la Residencia Provincial ‘Sagrado Corazón de Jesús’. Bajo el asesoramiento de una nutricionista especializada en geriatría, el centro ha transformado su cocina para apostar por la dieta mediterránea y reducir la presencia de ultraprocesados. Los menús ahora se adaptan a la época del año, incluyen diferentes niveles de textura para personas con dificultades de deglución y priorizan proteínas de alta calidad y fibra para prevenir la sarcopenia. La diputada de Servicios Sociales, Eva García, ha destacado que la iniciativa integra criterios científicos y de seguridad alimentaria sin perder la cocina tradicional a la que están acostumbrados los mayores.
Evidencias científicas: del cerebro a los músculos

Mientras las administraciones actúan, la ciencia sigue acumulando pruebas. Una revisión publicada en BMJ mostró que una mayor exposición a ultraprocesados se asocia con un mayor riesgo de enfermedad cardiometabólica, desórdenes mentales y mortalidad general. En concreto, un estudio con más de 10.000 participantes observó que quienes consumían más ultraprocesados presentaban una mayor velocidad de deterioro en funciones cognitivas globales y ejecutivas
Otra investigación, realizada por la Universidad de California en San Francisco y publicada en Radiology, ha revelado que una dieta rica en ultraprocesados se asocia con una mayor acumulación de grasa en los músculos del muslo, independientemente de la ingesta calórica o la actividad física. Esta grasa intramuscular podría aumentar el riesgo de artrosis de rodilla, una enfermedad cada vez más frecuente y costosa. La doctora Zehra Akkaya, autora principal, subraya que la calidad de la dieta merece mayor atención en los programas de pérdida de peso, más allá de la restricción calórica.
La importancia de los primeros 1.000 días
El cardiólogo Aurelio Rojas ha advertido que lo que comemos en los dos primeros años de vida marca nuestra salud para siempre. Según diversos estudios, el exceso de azúcar en esta etapa crítica altera el metabolismo, afecta al cerebro y debilita las defensas. Un análisis reciente encontró que las personas expuestas a restricciones de azúcar durante los primeros 1.000 días de vida (embarazo y primeros dos años) desarrollaron significativamente menos diabetes tipo 2 e hipertensión décadas después. Rojas recomienda sustituir los zumos industriales por fruta entera y apostar por comida real desde la alimentación complementaria, priorizando siempre el agua como bebida principal.
En niños y adolescentes, la preocupación es aún mayor porque el cerebro se encuentra en desarrollo y los hábitos alimentarios se consolidan en la infancia. Revisiones recientes, como la publicada en la revista Food for Thought, han encontrado asociación entre mayor consumo de ultraprocesados y peores indicadores de cognición, atención o salud mental. La evidencia en población infantil todavía necesita más estudios longitudinales, pero el principio de prevención es claro: no tiene sentido que la alimentación cotidiana de los menores dependa de productos diseñados para consumirse rápido y con escasa saciedad.
Las implicaciones de salud pública son importantes. No basta con responsabilizar a las familias; hace falta regular la publicidad dirigida a menores, mejorar los comedores escolares, limitar la disponibilidad de bebidas azucaradas y snacks en entornos educativos y facilitar el acceso real a alimentos frescos. El etiquetado frontal puede ayudar, pero debe acompañarse de educación alimentaria y de políticas que hagan más fácil elegir bien. Cuanto más sencilla sea la lista de ingredientes, mejor; cuanto más se parezca el alimento a su forma original, mejor; y cuanto más espacio ocupen en la compra frutas, verduras, legumbres, huevos, lácteos naturales, pescado, carnes no procesadas, frutos secos y cereales integrales, menor será el protagonismo de los ultraprocesados. Cuidar el cerebro, los músculos y la salud futura también empieza en la cesta de la compra.
