Pero no todo son buenas noticias. Mientras la evidencia científica respalda sus beneficios, la adherencia real en España, sobre todo entre los más jóvenes, está muy lejos de lo recomendable. Varios estudios alertan de que los niños y adolescentes han ido abandonando este modelo tradicional de alimentación, lo que podría comprometer su salud futura. La pregunta es: ¿qué estamos haciendo mal?
La evidencia científica respalda sus beneficios

El estudio de la UAM y IMDEA Nutrición siguió a 84.293 participantes de la cohorte británica UK Biobank durante un periodo superior a once años. Los investigadores utilizaron cuatro índices dietéticos reconocidos internacionalmente, entre ellos el Índice de Dieta Mediterránea Alternativa (Amed). Durante el seguimiento, 22.723 personas desarrollaron al menos una enfermedad crónica y 4.368 llegaron a presentar multimorbilidad, es decir, varias patologías simultáneas.
Los resultados fueron contundentes: aquellos con mayor adherencia a la dieta mediterránea presentaron entre un 6% y un 8% menos de riesgo de desarrollar una primera enfermedad crónica en comparación con los que seguían peor este patrón. Además, entre los que ya tenían varias enfermedades, la adherencia elevada se asoció con una reducción de entre el 20% y el 29% en el riesgo de morir. Incluso quienes no llegaron a enfermar registraron un 28% menos de riesgo de fallecer durante el estudio.
Lo más llamativo es que estos beneficios no se limitan a una única dolencia. La dieta mediterránea parece influir en el curso completo de la salud, frenando la transición desde un estado sano hacia la acumulación de enfermedades y la muerte. Los autores destacan que el efecto es especialmente marcado en mayores de 60 años, pero también se observa en adultos más jóvenes, sobre todo cuando ya existe multimorbilidad.
La adherencia en España, una asignatura pendiente

Mientras los estudios confirman sus bondades, los datos sobre su seguimiento en España no invitan al optimismo. Una revisión sistemática analizó a miles de jóvenes españoles y reveló que solo el 38% presentaba una adherencia alta a la dieta mediterránea, mientras que el 51% se situaba en un nivel intermedio. Peor aún: los investigadores detectaron un descenso de la adherencia alta en los últimos años.
Este abandono tiene consecuencias. El farmacéutico y divulgador Sento Segarra lo resume con claridad: “Estamos alejadísimos de la dieta mediterránea. Seguramente la hacía mi abuela a principios del siglo pasado”. Los guisos, el pescado y las verduras han sido sustituidos por productos preparados y ultraprocesados, que ocupan cada vez más espacio en la cesta de la compra. No se trata de reproducir literalmente la alimentación de hace cien años, sino de recuperar la base de alimentos frescos y poco procesados.
Más que una lista de alimentos
La dieta mediterránea no es un menú cerrado ni una fórmula mágica. Se trata de un patrón alimentario donde las frutas, verduras, hortalizas, legumbres, cereales integrales y frutos secos son los protagonistas, con el aceite de oliva virgen extra como principal fuente de grasa. El consumo de pescado es frecuente, mientras que las carnes rojas y los dulces aparecen de forma esporádica. Pero lo esencial no es solo qué se come, sino cómo se come: sentarse a la mesa, cocinar en casa y compartir los alimentos.
La doctora Dolores Corella, pionera en nutrigenómica, lamenta que “estábamos en un país perfecto de dieta mediterránea tradicional, donde las personas mayores sí que la seguían, y a pesar de tener este tesoro, que sabemos que es lo más saludable actualmente, lo estamos perdiendo”. El aumento del precio de los alimentos frescos y la falta de tiempo para cocinar empujan a optar por platos preparados, que a menudo son más baratos pero nutricionalmente pobres.
Recuperar este modelo no requiere grandes gestos, sino decisiones cotidianas. Una ensalada, lentejas, un plato de arroz integral con verduras o un pescado a la plancha son opciones que encajan perfectamente en la dieta mediterránea. También es importante prestar atención a las etiquetas de los productos envasados y priorizar aquellos con menos azúcares añadidos y menos grasas saturadas.
Los beneficios de volver a este patrón van más allá de la prevención cardiovascular. Una alimentación de calidad puede retrasar la fragilidad en personas mayores, como demostró un estudio de la UAM con 1.880 adultos de 60 años o más. Quienes seguían un estilo de vida mediterráneo en su conjunto, incluyendo actividad física y vida social, desarrollaban con menos frecuencia el síndrome de fragilidad.
En definitiva, la dieta mediterránea sigue siendo un referente científico, pero necesita que la pongamos en práctica. No basta con reconocerla como patrimonio; hay que comerla cada día. Y para ello, conviene volver a la compra de temporada, al fuego lento y a la mesa compartida. La salud, a largo plazo, lo agradece.

