Los hongos, a menudo vistos como simples organismos del bosque, están protagonizando algunos de los hallazgos científicos más sorprendentes de los últimos meses. Un estudio reciente demuestra que un hongo presente en el intestino humano podría ayudar a proteger contra los daños de la radiación, mientras otra investigación revela que ciertas setas son capaces de viajar al espacio, regresar a la Tierra y seguir creciendo para convertirse en alimento. Estos resultados abren la puerta a aplicaciones futuras en medicina y exploración espacial.
Además, se ha descubierto que un fármaco inmunosupresor ha estado fomentando involuntariamente la resistencia antimicrobiana en un peligroso hongo patógeno, lo que plantea nuevos retos para el control de infecciones. Juntos, estos estudios muestran el doble papel de los hongos: como aliados potenciales y como amenazas que requieren vigilancia. A continuación, repasamos los detalles de cada investigación.
Un hongo intestinal que protege de la radiación
Un equipo de investigadores de China ha publicado en la revista *Proceedings of the National Academy of Sciences* (PNAS) un trabajo que identifica a Mucor racemosus, un hongo simbiótico presente en la microbiota intestinal humana, como un protector frente a los daños causados por la radiación. En experimentos con ratones, los animales tratados con este hongo mostraron menor pérdida de peso, menos inflamación y una reducción del estrés oxidativo tras ser expuestos a radiación. Los efectos fueron aún más notorios cuando el hongo había sido previamente adaptado a condiciones de poco oxígeno, similares a las del intestino.
Los investigadores comprobaron que el hongo actúa por una doble vía: directa, produciendo compuestos como los aminoácidos ácido L-glutámico, ácido L-aspártico y DL-lisina, implicados en la reparación del ADN y la recuperación del tejido intestinal; e indirecta, mediante la interacción con otras bacterias de la microbiota. En concreto, la producción de metiltioadenosina (MTA) por parte de Mucor racemosus modifica la actividad de Limosilactobacillus reuteri, aumentando los niveles de metionina, un aminoácido asociado a una mayor resistencia a la radiación. Además, los investigadores probaron un enfoque alimentario: ratones irradiados que consumieron queso fermentado con el hongo presentaron menos inflamación intestinal y una barrera intestinal más íntegra que los que recibieron queso sin el hongo. Aunque los autores advierten de que este microorganismo podría ser peligroso para personas inmunodeprimidas, el hallazgo establece a los hongos filamentosos como agentes influyentes en el eje microbiota-huésped.

Setas que sobreviven al espacio
Otra investigación, liderada por la Universidad de Tecnología de Swinburne en Australia, envió 36 viales con micelio de hongos comestibles (melena de león, cola de pavo y Cordyceps militaris) a la Estación Espacial Internacional (ISS). Las muestras permanecieron selladas durante más de un mes en microgravedad y, al regresar a la Tierra, los científicos las colocaron en sustratos ricos en nutrientes. En apenas una semana aparecieron los primeros cuerpos fructíferos, y dos de las especies pudieron cosecharse y, posteriormente, prepararse en una salsa cremosa para pasta. Las investigadoras Sara Webb y Rebecca Allen, que coordinaron el experimento, afirmaron que los hongos tenían un sabor denso y aromático, y que la prueba demuestra que el micelio puede viajar al espacio, regresar y seguir produciendo alimento.
Este avance no es solo una curiosidad gastronómica: podría ser clave para futuras misiones de larga duración a la Luna o Marte, donde el transporte de alimentos es costoso y limitado. Los hongos pueden crecer a partir de residuos orgánicos y ofrecer una fuente de proteína fresca, complementando otros sistemas de cultivo. Aunque el experimento aún está en fase de análisis para detectar posibles cambios biológicos o nutricionales, los resultados ya apuntan a que los hongos son candidatos perfectos para la agricultura espacial.
La amenaza silenciosa de la resistencia fúngica
Pero no todo son beneficios. Un estudio del Centro Clínico de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, publicado en Science Translational Medicine, revela que el fármaco inmunosupresor ácido micofenólico (MPA) ha propiciado, sin saberlo, la aparición de resistencias en Pneumocystis jirovecii, un hongo que causa neumonías graves en personas inmunocomprometidas. Al analizar 163 muestras recogidas en brotes entre 2005 y 2019, el equipo identificó cuatro mutaciones genéticas nunca antes reportadas que se correlacionan con la exposición previa al MPA. Estas mutaciones interfieren con la unión del fármaco a la enzima IMPDH del hongo, lo que reduce su eficacia y permite que el patógeno se propague.
Estos hallazgos “cuestionan el estado actual de la resistencia desconocida de P. jirovecii”, según los autores, y exigen reevaluar las estrategias inmunosupresoras y las medidas de control de infecciones. El caso demuestra que los fármacos diseñados para tratar una enfermedad pueden tener consecuencias imprevistas sobre otros organismos, y subraya la necesidad de vigilar las infecciones fúngicas en pacientes vulnerables, especialmente tras el aumento de trasplantes y terapias inmunosupresoras.
En definitiva, los tres trabajos coinciden en que los hongos son organismos mucho más complejos y relevantes de lo que se pensaba. Desde proteger contra la radiación hasta sobrevivir en el espacio, pasando por desarrollar resistencias silenciosas, su influencia sobre la salud humana y el medio ambiente es enorme. La ciencia apenas empieza a comprender el potencial y los riesgos de estos seres, y los próximos años podrían deparar nuevas sorpresas que transformen la medicina y la exploración espacial.