La acumulación de grasa en el hígado se ha convertido en uno de los problemas de salud más frecuentes y silenciosos en Europa y el resto del mundo. Cada vez más personas reciben un diagnóstico de hígado graso casi por sorpresa, a raíz de una analítica alterada o una ecografía de rutina, cuando el daño ya ha empezado a avanzar.
Lejos de ser una simple curiosidad médica, el hígado graso está estrechamente vinculado con obesidad, diabetes tipo 2, colesterol alto y riesgo cardiovascular. La buena noticia es que, si se detecta a tiempo, el hígado tiene una capacidad asombrosa de recuperación y hoy se están explorando nuevas terapias farmacológicas, pautas de ejercicio, cambios de dieta y suplementos específicos que pueden marcar un antes y un después en su evolución.
Nuevos avances desde Málaga: doble terapia contra la obesidad y el hígado graso
Un grupo de investigadores del Instituto de Investigación Biomédica de Málaga y Plataforma en Nanomedicina (IBIMA Plataforma BIONAND), en colaboración con el Hospital Regional Universitario de Málaga y la Facultad de Medicina de la Universidad de Málaga, ha presentado una terapia combinada que apunta alto en la lucha contra la obesidad y el hígado graso.
El equipo, liderado por los científicos Juan Decara y Fernando Rodríguez de Fonseca y con el impulso de la doctora Marialuisa de Ceglia a través del programa Sara Borrell, ha estudiado la combinación de un fármaco ya aprobado para el tratamiento de la obesidad, la liraglutida, con una nueva molécula creada en Málaga, denominada OLHHA. Los resultados, publicados en la revista científica Biochemical Pharmacology, muestran que esta estrategia conjunta logra una reducción mayor del peso corporal y de la grasa hepática que cuando se usan estos compuestos por separado.
El trabajo se ha realizado en modelos experimentales de obesidad y pone de manifiesto que la administración simultánea de liraglutida y OLHHA frena de forma significativa la ganancia de peso, mejora la función del hígado y ayuda a normalizar los niveles de grasa en sangre (lípidos), factores clave en el desarrollo del hígado graso.
Según explican los investigadores, la terapia combinada estimula la quema de grasa, mejora el metabolismo energético y ejerce un efecto protector sobre el tejido hepático. Entre los marcadores analizados se observa un descenso de las enzimas hepáticas relacionadas con daño del hígado, un dato que sugiere menor inflamación y menor agresión sobre las células hepáticas.
Además del impacto sobre el hígado, el estudio recoge una mejoría en la tolerancia a la glucosa, así como descensos en colesterol y triglicéridos, parámetros directamente vinculados con el riesgo cardiometabólico y enfermedades cardiovasculares. En conjunto, el enfoque va más allá de reducir la grasa en el hígado y se orienta a corregir el síndrome metabólico que suele acompañar a estos pacientes.
OLHHA: una molécula diseñada para el hígado graso y la esteatohepatitis

La molécula OLHHA, desarrollada en los laboratorios de IBIMA Plataforma BIONAND y patentada para la esteatohepatitis, ha sido diseñada para actuar de manera simultánea sobre varios mecanismos implicados en el metabolismo. Esta acción múltiple le permite potenciar el efecto de la liraglutida sin que se hayan observado señales de toxicidad en los modelos analizados.
Uno de los aspectos más destacados de OLHHA es su efecto antioxidante, que ayuda al hígado a defenderse frente al estrés oxidativo generado por el exceso de grasa. Este tipo de estrés favorece la inflamación y las cicatrices en el tejido (fibrosis), etapas que pueden desembocar en esteatohepatitis, cirrosis e incluso cáncer hepático si no se actúa a tiempo.
Los autores del trabajo subrayan que estos hallazgos corresponden a una fase preclínica. Es decir, los resultados se han obtenido en modelos experimentales y todavía es necesario profundizar en la investigación antes de plantear ensayos clínicos en humanos. Aun así, el estudio abre la puerta a nuevas estrategias terapéuticas combinadas que podrían suplir la ausencia actual de fármacos plenamente eficaces para la mayoría de casos de hígado graso.
La investigación ha contado con el apoyo de la Consejería de Salud y Familias de la Junta de Andalucía, el Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) y la Unión Europea, un ejemplo de cómo la financiación pública, la universidad y los hospitales pueden impulsar avances con impacto potencial en la salud de miles de pacientes.
En un contexto en el que la obesidad y el hígado graso se han convertido en dos de los grandes retos del siglo XXI por su elevada frecuencia y las complicaciones que acarrean, la posibilidad de contar con tratamientos específicos y más eficaces podría cambiar la evolución natural de estas enfermedades en los próximos años.
Hígado graso, MASLD y MASH: la nueva forma de nombrar un viejo problema

La acumulación de grasa en el hígado ha recibido tradicionalmente el nombre de hígado graso no alcohólico, pero los expertos internacionales han ido ajustando la terminología para reflejar mejor su origen. Instituciones como Mayo Clinic señalan que actualmente se habla de enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD), un término que recalca su vínculo con la obesidad, la resistencia a la insulina y otros trastornos metabólicos.
Dentro de este espectro, existe una forma más avanzada, la esteatohepatitis asociada a disfunción metabólica (MASH), en la que, además de grasa, aparecen inflamación y distintos grados de fibrosis en el hígado. Cuando esta situación se mantiene sin control, el tejido cicatriza de manera progresiva y puede llegar a cirrosis y aumentar el riesgo de insuficiencia hepática o cáncer.
Entre los factores de riesgo destacan el exceso de peso, la predisposición genética, la edad, el sexo y la etnia, aunque el peso corporal sigue siendo el determinante más influyente. Datos citados por Mayo Clinic indican que hasta dos tercios de los adultos con obesidad y la mitad de los menores con esta condición pueden desarrollar MASLD. De ellos, en torno a un 20% podría evolucionar hacia MASH, la fase más grave.
Uno de los grandes retos del hígado graso es que suele avanzar sin dar síntomas claros durante años. Muchas personas no notan nada hasta que aparecen molestias como cansancio intenso, dolor en la parte superior derecha del abdomen, hinchazón, picor cutáneo o cambios en el color de la piel (ictericia), manifestaciones que suelen corresponder ya a etapas más avanzadas o complicaciones.
Por ello, los especialistas recomiendan prestar especial atención a quienes presentan obesidad, diabetes tipo 2, hipertensión, colesterol alto o vida sedentaria, ya que concentran gran parte del riesgo. En estos casos, un control periódico con analíticas y técnicas de imagen puede marcar la diferencia.
Diagnóstico temprano: pruebas clave para adelantarse al daño
Aunque a menudo el hígado graso se detecta de forma casual, por ejemplo en una analítica de rutina donde se observan enzimas hepáticas elevadas, el proceso diagnóstico incluye varias etapas. Organismos sanitarios como la Secretaría de Salud de México o centros de referencia internacionales coinciden en integrar historia clínica, exploración física y pruebas complementarias.
El primer paso suele ser valorar antecedentes personales y familiares, hábitos de vida y presencia de enfermedades asociadas (diabetes, obesidad, dislipemia, hipertensión). A partir de ahí, se solicitan análisis de sangre para medir enzimas hepáticas y otros parámetros metabólicos que orientan sobre el estado del órgano.
Entre las técnicas de imagen más utilizadas está la ecografía abdominal, una prueba sencilla y accesible que permite visualizar la acumulación de grasa en el hígado. Cuando se necesita más precisión para valorar el grado de fibrosis o rigidez del órgano, se recurre a estudios como la elastografía, resonancia magnética o, en situaciones complejas, biopsia hepática.
Especialistas como el cardiólogo Jorge Tartaglione recuerdan que el hígado graso es, además, un marcador de riesgo cardiovascular. Detectarlo a tiempo no solo sirve para cuidar el hígado, sino también para adelantarse a posibles infartos o accidentes cerebrovasculares años antes de que se manifiesten.
En la práctica, cuando en una ecografía o en unos análisis se detecta hígado graso, los médicos insisten en que todavía hay margen de maniobra: cambiar la alimentación, aumentar la actividad física, reducir peso y controlar otros factores de riesgo puede revertir el proceso en fases iniciales y frenar su progresión en etapas más avanzadas.
Ejercicio: cuánta actividad física necesita el hígado
El ejercicio regular se ha consolidado como uno de los pilares del tratamiento del hígado graso. No se trata solo de “moverse más”, sino de alcanzar una cantidad e intensidad de actividad física suficientes para reducir la grasa y la inflamación hepática de forma medible.
Un amplio análisis de 24 ensayos clínicos, publicado en el Journal of Sport and Health Science y liderado por el profesor Chunxiang Qin de la Universidad Central del Sur (China), sintetizó los datos de 961 participantes para determinar el umbral de ejercicio más efectivo en esta enfermedad. El estudio evaluó tanto ejercicio aeróbico (caminar rápido, correr, bicicleta, natación) como entrenamiento de fuerza, y refuerza la importancia de dieta y ejercicio en el manejo clínico.
Según sus resultados, existe un objetivo mínimo semanal a partir del cual se observan beneficios claros sobre el hígado. Este umbral, expresado en “minutos métricos”, puede alcanzarse con rutinas tan asumibles como caminatas rápidas de unos 20 minutos cinco días a la semana o sesiones de trote algo más intensas varias veces por semana.
El trabajo identifica distintos rangos: un nivel de actividad moderado continuado reduce la grasa hepática y mejora la salud cardiovascular, mientras que al alcanzar valores más altos de ejercicio semanal se llega a un “techo” de beneficio, a partir del cual hacer más no se traduce en mejoras proporcionalmente mayores.
Cardio más fuerza: la combinación que mejor protege el hígado
La evidencia científica coincide en que la combinación de ejercicio aeróbico y entrenamiento de fuerza es más eficaz que realizar solo uno de los dos. El doctor Qin y su equipo destacan que este enfoque mixto ofrece beneficios más completos, tanto en reducción de grasa hepática como en mejora de la composición corporal y la sensibilidad a la insulina.
En términos prácticos, una “prescripción” habitual para pacientes con MASLD se sitúa alrededor de 2,5 horas semanales de ejercicio moderado (por ejemplo, caminata rápida) o unas 1,5 horas de ejercicio vigoroso. Repartido a lo largo de la semana, puede equivaler a sesiones de 30 minutos de cardio varios días, combinadas con uno o dos entrenamientos de fuerza cortos pero regulares.
Los investigadores subrayan que, a partir de cierta cantidad semanal de actividad, los beneficios empiezan a estabilizarse. Es decir, no por doblar el tiempo de ejercicio se van a obtener resultados el doble de buenos en el hígado. En cambio, sí parece importante mantener la constancia en el medio y largo plazo, especialmente en personas con daño hepático previo.
Para quienes tienen un estilo de vida muy sedentario por problemas de salud u otras limitaciones, los expertos recomiendan programas de ejercicio de baja intensidad durante al menos tres meses, adaptados a cada caso. Incluso movimientos suaves, pero regulares, pueden ayudar a frenar el deterioro de la función hepática cuando partir de rutinas más exigentes no es posible.
En países como el Reino Unido, donde la enfermedad hepática es ya la segunda causa de muerte evitable solo por detrás del cáncer, estas recomendaciones sobre ejercicio y detección precoz forman parte de las estrategias de salud pública para aliviar la carga creciente del hígado graso.
Dieta y bebidas: lo que ayuda y lo que pasa factura al hígado
El otro gran pilar para cuidar el hígado pasa por el plato y el vaso. Diversos especialistas señalan a la dieta mediterránea como una de las más recomendadas para personas con hígado graso, por su riqueza en frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, semillas, frutos secos y pescado, así como por el uso de aceite de oliva virgen extra como principal grasa.
Este patrón alimentario aporta antioxidantes, fibra, ácidos grasos omega-3 naturales y es relativamente bajo en azúcares simples. Más que eliminar totalmente la grasa, el objetivo es reducir la ingesta de energía total y priorizar grasas saludables, evitando los productos muy procesados y las grasas de baja calidad.
Los especialistas insisten en la importancia de evitar el consumo de alcohol y limitar de forma drástica las bebidas azucaradas. No se trata solo de los refrescos “de toda la vida”: tés embotellados, bebidas deportivas, limonadas industriales y muchos preparados comerciales contienen cantidades elevadas de azúcar y jarabe de maíz de alta fructosa, un ingrediente que se metaboliza directamente en el hígado.
Organizaciones como la Asociación Catalana de Pacientes Hepáticos (ASSCAT) advierten de que el exceso de fructosa puede llegar a sobrecargar el hígado de forma similar al alcohol, favoreciendo el hígado graso no alcohólico, la inflamación y la fibrosis. Además, estos productos suelen asociarse a un aumento de peso y resistencia a la insulina, lo que agrava el problema.
En el caso de las bebidas energéticas y algunas deportivas, el riesgo se multiplica porque, además de azúcares, pueden contener altas dosis de niacina (vitamina B3). Aunque necesaria en pequeñas cantidades, en niveles muy elevados se ha relacionado con casos de toxicidad hepática y alteraciones enzimáticas, sobre todo cuando se consumen varios productos en poco tiempo.
Jarabe de maíz de alta fructosa y otros “enemigos invisibles”
Especialistas en prevención cardiovascular y hepática señalan con frecuencia al jarabe de maíz de alta fructosa como uno de los ingredientes más problemáticos. Se trata de un endulzante muy utilizado en la industria alimentaria por su bajo coste y gran poder edulcorante, presente en un abanico amplísimo de productos procesados y bebidas.
El cardiólogo Jorge Tartaglione resume su impacto de forma clara: este tipo de jarabe se metaboliza prácticamente en exclusiva en el hígado y favorece que la grasa se acumule en el órgano. A largo plazo, su consumo habitual se asocia con hígado graso, empeoramiento del perfil lipídico y mayor riesgo cardiometabólico. Para profundizar sobre qué es la fructosa y su impacto, existen recursos que explican su metabolismo y riesgos.
Por ello, distintas organizaciones recomiendan leer las etiquetas con calma y evitar, en la medida de lo posible, productos que incluyan jarabe de maíz de alta fructosa, azúcares añadidos en grandes cantidades o aceites vegetales de baja calidad. Aunque pueda resultar engorroso al principio, este hábito facilita reducir la carga de azúcares ocultos que terminan pasando factura al hígado.
Frente a estas opciones, las mejores alternativas para la hidratación siguen siendo el agua como bebida principal y, en algunos casos, infusiones sin azúcar como el té verde, el té de jengibre o la menta. En el caso del té verde, distintos estudios lo han asociado con una menor probabilidad de enfermedad hepática crónica, incluida la cirrosis, cuando se consume de forma regular dentro de un estilo de vida saludable.
Tampoco conviene olvidar que, más allá de una bebida concreta, lo que pesa de verdad es el patrón global de alimentación y consumo sostenido en el tiempo. Cambios mantenidos en la compra diaria y en lo que se bebe a lo largo del día pueden suponer una diferencia notable para el hígado a medio plazo.
Omega-3 EPA y DHA: el papel de los suplementos en el hígado graso
Además de dieta y ejercicio, los ácidos grasos omega-3 han despertado un interés creciente por su posible papel protector frente al hígado graso. Publicaciones recogidas en plataformas como ScienceDaily, Nature y PubMed señalan que determinados tipos de omega-3, en especial el ácido eicosapentaenoico (EPA) y el ácido docosahexaenoico (DHA), podrían ayudar a reducir la inflamación y modular el daño hepático.
Estos compuestos se encuentran sobre todo en suplementos de aceite de pescado y aceite de kril, aunque también están presentes en alimentos como el pescado azul. Algunos estudios apuntan a que formular los omega-3 en determinadas estructuras, como los lisofosfolípidos con DHA, podría proteger al hígado del exceso de grasa y disminuir el riesgo de enfermedad hepática grasa no alcohólica.
Una revisión sistemática reciente sugiere que la suplementación con EPA y DHA puede contribuir a reducir enzimas hepáticas y mejorar el perfil de lípidos en sangre en personas con hígado graso, aunque el impacto directo sobre la cantidad de grasa acumulada en el órgano todavía no está completamente definido.
Datos procedentes del Biobank del Reino Unido indican, además, que el uso habitual de omega-3 podría asociarse con un menor riesgo de desarrollar enfermedades hepáticas, incluida la cirrosis, especialmente en mujeres y personas con determinadas características genéticas. Otros trabajos señalan que estos ácidos grasos pueden atenuar la fibrosis hepática, uno de los pasos previos a la cirrosis.
Aun así, los expertos insisten en que los suplementos de omega-3 son una herramienta de apoyo y no sustituyen a los pilares básicos: perder peso cuando sobra, cuidar la alimentación y mantenerse físicamente activo. Su uso debe encajarse dentro de un plan global supervisado por el equipo médico.
Dosis y precauciones con los suplementos de omega-3
Las dosis de omega-3 recomendadas para la salud hepática varían en función de los estudios y de la situación clínica de cada persona. En general, los ensayos clínicos han utilizado entre 1.000 y 4.000 mg diarios de EPA + DHA combinados, con la mayoría de trabajos situándose en la franja de 2 a 4 gramos al día.
Algunos consensos internacionales proponen al menos 2 gramos diarios de EPA y DHA para personas con hígado graso no alcohólico, siempre bajo vigilancia médica. No obstante, la dosis exacta debe individualizarse según el estado general de salud, la existencia de otras enfermedades y el tipo concreto de suplemento elegido.
Es importante tener en cuenta que las dosis altas de omega-3 (por encima de 3 gramos diarios) pueden aumentar el riesgo de sangrado en personas que toman anticoagulantes o que ya presentan trastornos de la coagulación. Por este motivo, no se aconseja automedicarse ni superar los 4 gramos al día sin indicación y seguimiento de un profesional.
Antes de iniciar cualquier suplementación, los hepatólogos y médicos de cabecera recomiendan evaluar la medicación habitual, antecedentes de problemas de coagulación y otros factores que puedan modificar la balanza entre riesgo y beneficio. De este modo, se ajusta la dosis de forma personalizada y segura.
En todo caso, el consenso es claro: los omega-3 pueden ser un complemento útil dentro de una estrategia amplia, pero no tienen sentido si no se acompaña de cambios sólidos en el estilo de vida y de un control adecuado de enfermedades como la diabetes, la hipertensión o las dislipemias.
Hábitos que protegen el hígado frente al hígado graso
Expertos como la doctora Blanca C. Lizaola-Mayo, directora médica del Centro de Trasplante de Hígado de Mayo Clinic, recuerdan que el hígado es un órgano sorprendentemente resistente y capaz de regenerarse si las intervenciones llegan antes de la cirrosis. De ahí que el foco se ponga cada vez más en identificar y reforzar los hábitos que lo protegen.
El primer paso suele ser el control del peso corporal. Una pérdida moderada y mantenida se asocia con mejoras en las enzimas hepáticas, la estructura del órgano y la sensibilidad a la insulina, además de repercutir positivamente en la calidad de vida. Normalmente, este proceso comienza con cambios en la alimentación y aumento de la actividad física, aunque en algunos casos se valoran tratamientos médicos o cirugía bariátrica.
Adoptar una dieta saludable, tipo mediterránea, junto a ejercicio regular, se considera uno de los pilares fundamentales para frenar el hígado graso. También es clave controlar afecciones cardiometabólicas como diabetes, prediabetes, hipertensión, alteraciones de los lípidos y apnea del sueño, que actúan como “multiplicadores” del riesgo hepático.
La vacunación también adquiere un papel relevante. En personas con enfermedad hepática, protegerse frente a hepatitis A y B puede reducir el riesgo de complicaciones añadidas, por lo que los especialistas aconsejan valorar y mantener al día las inmunizaciones recomendadas.
Entre las medidas sencillas, pero con cada vez más respaldo científico, destaca el consumo moderado de café negro con cafeína. Algunas investigaciones lo relacionan con una progresión más lenta de la fibrosis hepática, hasta el punto de que algunos hepatólogos resumen en tono coloquial que “tres tazas al día mantienen al especialista alejado”, siempre que no existan contraindicaciones individuales.
Conductas a evitar y el papel de los suplementos “milagro”
En el lado opuesto, existen conductas que conviene reducir al mínimo o evitar directamente. La ingesta de alcohol, incluso en cantidades consideradas bajas, puede acelerar la cicatrización del tejido hepático y aumentar el riesgo de cirrosis, sobre todo en personas que ya tienen hígado graso. Tras una cirugía bariátrica, los efectos pueden ser aún más intensos con dosis pequeñas.
Otra advertencia frecuente por parte de los hepatólogos se refiere a los productos que prometen “desintoxicar” el hígado. Aunque su uso se ha popularizado, muchos carecen de evidencia sólida y algunos han sido vinculados con casos de daño hepático. La doctora Lizaola-Mayo recalca que hay suplementos que dicen ayudar al hígado, pero en realidad pueden perjudicarlo, especialmente cuando se consumen sin control médico.
La recomendación general es desconfiar de soluciones rápidas o milagrosas y priorizar intervenciones sostenidas en el tiempo: alimentación equilibrada, actividad física regular, reducción de alcohol y azúcares, y seguimiento periódico con el equipo sanitario.
En personas con diagnóstico de hígado graso, cualquier cambio importante en dieta, ejercicio o suplementos debería decidirse junto al médico de referencia. Un enfoque individualizado, que tenga en cuenta el estado del hígado, otras enfermedades presentes y la medicación habitual, ayuda a evitar pasos en falso.
Al final, el propio hígado es el principal aliado: cuando se le ofrece un entorno adecuado, con menos agresiones y más apoyo, es capaz de regenerarse y recuperar parte de la función perdida incluso tras años de sobrecarga.
Con el avance de nuevas terapias combinadas como la que se investiga en Málaga, el creciente conocimiento sobre la “dosis” de ejercicio más eficaz, el papel de la dieta mediterránea, la reducción de bebidas azucaradas y el uso prudente de suplementos como los omega-3, la enfermedad del hígado graso deja de ser un destino inevitable para convertirse en un problema abordable desde varios frentes. La clave está en detectar el daño a tiempo, implicarse en los cambios de estilo de vida y apoyarse en el criterio de los profesionales para elegir, paso a paso, las mejores herramientas en cada caso.
