Herpes zóster y VIH: relación, riesgos, tratamiento y prevención

  • Las personas con VIH tienen un riesgo mayor y más precoz de herpes zóster, incluso con tratamiento antirretroviral eficaz.
  • Los recuentos bajos de CD4, la carga viral detectable y las comorbilidades aumentan la probabilidad de culebrilla y complicaciones.
  • La vacuna recombinante frente al zóster es muy eficaz y recomendable en personas con VIH e inmunodepresión.
  • Buen control del VIH, seguimiento médico y hábitos de vida saludables reducen de forma importante el riesgo y el impacto del herpes zóster.

herpes zoster y vih

El herpes zóster y el VIH están más relacionados de lo que parece a primera vista. Aunque uno es una infección viral que aparece como una erupción en la piel y el otro es un virus que afecta al sistema inmunitario, comparten un punto clave: cuando las defensas están bajas, el virus de la varicela-zóster tiene más facilidad para reactivarse y causar problemas serios. Por eso, en personas que viven con VIH, la culebrilla (otro nombre del herpes zóster) es más frecuente, puede presentarse a edades más tempranas y tiene más riesgo de complicaciones.

A lo largo de este artículo vamos a ver con detalle qué es exactamente la culebrilla, cómo se manifiesta, por qué se presenta más en personas con VIH incluso con tratamiento antirretroviral eficaz, qué nos dicen los estudios recientes sobre riesgo e incidencia, y qué se puede hacer hoy en día para prevenirla y tratarla. Todo con un lenguaje claro, cercano y pensado especialmente para personas que viven con VIH, familiares y profesionales sanitarios que quieran una visión práctica y actualizada.

Qué es el herpes zóster (culebrilla) y en qué se diferencia de otros herpes

El herpes zóster, conocido popularmente como culebrilla, está causado por el virus varicela-zóster (VVZ), el mismo que provoca la varicela en la infancia. Cuando una persona pasa la varicela —o recibe la vacuna frente a ella—, el virus no desaparece del todo, sino que se queda “escondido” en los ganglios de los nervios sensitivos, en estado latente.

A diferencia del herpes zóster, el herpes genital y el herpes labial los produce el virus del herpes simple (VHS), que es de la misma familia pero un virus distinto. Es decir, aunque el nombre “herpes” se repite, no estamos hablando del mismo germen ni del mismo tipo de infección.

Con el paso del tiempo, y sobre todo cuando el sistema inmunitario se debilita por la edad, el estrés intenso o enfermedades como el VIH, el virus de la varicela-zóster puede “despertar”. En ese momento se produce la reactivación y aparece el herpes zóster como un sarpullido con ampollas muy doloroso que sigue el recorrido de un nervio, habitualmente en el tronco, aunque puede afectar también a la cara, los ojos o incluso al sistema nervioso central.

En muchos países es habitual vacunar a los niños frente a la varicela, pero si naciste antes de 1980 es muy probable que tuvieras varicela de pequeño aunque no lo recuerdes bien. Eso significa que el virus sigue en tu organismo y, potencialmente, podrías desarrollar culebrilla más adelante, sobre todo si tus defensas bajan por cualquier motivo.

Síntomas del herpes zóster y posibles complicaciones

El síntoma más típico del herpes zóster es un sarpullido doloroso, con picor u hormigueo, localizado en una franja de piel de un solo lado del cuerpo. Esta franja sigue el recorrido de un dermatoma, que es la zona de piel que depende de un nervio sensitivo concreto.

Al principio suele aparecer dolor, quemazón o hipersensibilidad en la zona afectada, y unos días después brotan pequeñas ampollas llenas de líquido que luego se rompen y forman costras. Normalmente las ampollas se secan en aproximadamente una semana y el sarpullido suele ir desapareciendo en unas cuatro semanas.

Además del dolor y las lesiones en la piel, pueden presentarse otros síntomas generales como fiebre, escalofríos intensos, náuseas, diarrea o dolor de cabeza. En personas con VIH, estos síntomas pueden ser más marcados y durar más tiempo.

Mientras las ampollas están activas, el líquido que contienen es contagioso para personas que no han pasado la varicela ni están vacunadas frente a ella. En esos casos, si se contagian, no desarrollan herpes zóster directamente, sino varicela. Por eso es esencial extremar las medidas de higiene, lavarse bien las manos tras tocar el sarpullido y, siempre que se pueda, cubrir la zona afectada con una venda o con ropa para reducir el riesgo de transmisión.

Si el herpes zóster afecta a la cara, sobre todo a la zona de los ojos, la situación es más delicada. La afectación ocular puede causar problemas de visión serios e incluso secuelas permanentes si no se trata con rapidez, por lo que en estos casos es fundamental acudir a urgencias u oftalmología de forma inmediata.

Otra complicación importante es la neuralgia postherpética, un dolor persistente en la zona del nervio afectado que puede durar meses o incluso años después de que las lesiones cutáneas hayan desaparecido. Este dolor a veces es muy intenso, dificulta el descanso nocturno, limita la vida diaria y es más frecuente en personas de edad avanzada y en personas que viven con VIH.

Quién tiene más riesgo de desarrollar herpes zóster

En la población general, el herpes zóster puede aparecer a cualquier edad, pero es mucho más común en adultos mayores, especialmente en personas de más de 50 años. Con el envejecimiento, el sistema inmunitario se va debilitando de forma natural, y eso facilita que el virus varicela-zóster se reactive.

También tienen más riesgo quienes toman tratamientos que disminuyen las defensas, como fármacos inmunosupresores para enfermedades autoinmunes, quimioterapia para cáncer o medicación tras un trasplante de órgano. Vivir con VIH se suma a este grupo de situaciones que dejan al sistema inmunitario más vulnerable.

Los estudios apuntan a que, estadísticamente, las mujeres parecen tener una probabilidad algo mayor de padecer herpes zóster que los hombres, y se sospecha que los cambios hormonales alrededor de la menopausia podrían influir en este aumento de riesgo.

En personas de edad avanzada también se ha observado que haber sufrido un traumatismo craneoencefálico (un golpe fuerte en la cabeza) se asocia con una mayor aparición de culebrilla, aunque por ahora no está claro cuál es el mecanismo exacto que lo explica.

Cuando hablamos de VIH, el riesgo aumenta de forma notable. Diversos estudios han comprobado que en personas que viven con VIH, sobre todo si tienen recuentos bajos de CD4 o carga viral detectable, el herpes zóster aparece con más frecuencia, a edades más tempranas y con más tendencia a presentar complicaciones.

Relación entre herpes zóster, VIH y sistema inmunitario

El sistema inmunitario sano suele mantener el virus varicela-zóster bajo control, impidiendo que se reactive. Pero cuando las defensas bajan, el virus encuentra la oportunidad de “salir” y provocar la erupción de culebrilla. En el contexto del VIH, esto cobra una importancia especial, porque el VIH ataca directamente a las células CD4, que son una pieza clave del sistema inmune.

En personas que viven con VIH, un recuento bajo de CD4 es señal de un sistema inmunitario especialmente débil. En estas circunstancias, la probabilidad de desarrollar herpes zóster aumenta mucho, y también se hace más posible que el virus se disemine más allá de un solo dermatoma y cause cuadros más extensos o con afectación neurológica.

Además, el herpes zóster puede aparecer poco después de comenzar el tratamiento antirretroviral en personas con inmunosupresión avanzada. En esos casos se interpreta a menudo como una manifestación del síndrome inflamatorio de reconstitución inmunitaria (IRIS), una situación en la que, al mejorar bruscamente las defensas, el sistema inmune reacciona de forma intensa frente a infecciones latentes, generando inflamación y síntomas.

Por esta relación tan estrecha entre debilidad inmunitaria y culebrilla, en zonas con alta incidencia de VIH se ha visto que la aparición de un herpes zóster en una persona joven puede ser un indicio clínico de que existe una infección por VIH no diagnosticada. De hecho, un estudio realizado en Gabón, en personas de 15 años o más atendidas por herpes zóster, encontró que aproximadamente un 74 % resultaron seropositivas para VIH, con una edad media de unos 30 años.

En ese estudio, la mayoría de pacientes presentaban dolor como síntoma inicial y la localización torácica era la más frecuente. Se describieron también casos con afectación de varios dermatomas (formas más extensas) y complicaciones como neuritis post-zosteriana. Predominaba el VIH tipo 1, con recuentos de CD4 entre 200 y 499 células/mm³, y la respuesta al tratamiento fue peor en quienes tenían coinfección por varios tipos de VIH y menos de 500 CD4.

Este tipo de resultados refuerza la idea de que el herpes zóster, sobre todo en personas jóvenes, es una señal de alerta que debe llevar a ofrecer y recomendar la prueba del VIH, ya que puede ser una de las primeras manifestaciones clínicas de la infección.

Datos recientes: mayor incidencia de herpes zóster en personas con VIH

Un gran estudio poblacional realizado en Canadá ha analizado durante más de una década la incidencia de herpes zóster en casi 9.000 personas con VIH y un grupo equivalente de personas sin VIH, con más de 100.000 persona-años de seguimiento acumulados. Los resultados confirman que el riesgo de culebrilla sigue siendo significativamente mayor en personas con VIH, incluso en la era del tratamiento antirretroviral eficaz.

En el periodo de estudio, más de 1.200 personas con VIH desarrollaron al menos un episodio de herpes zóster, frente a poco más de 500 en el grupo seronegativo. La incidencia fue de 14,5 casos por cada 1.000 persona-años en el grupo con VIH, más del doble que los 6,9 casos por 1.000 persona-años observados en el grupo sin VIH.

Este mayor riesgo se mantuvo incluso en personas con tratamiento antirretroviral efectivo y carga viral suprimida, lo que indica que lograr la indetectabilidad no elimina totalmente la probabilidad de sufrir herpes zóster. Parece que, incluso con buen control virológico, persiste una cierta fragilidad inmunitaria o envejecimiento inmune acelerado que hace que la culebrilla aparezca antes y con más frecuencia.

El estudio también puso de manifiesto que, en la población con VIH, el herpes zóster tiende a aparecer a edades más tempranas que en la población general. Mientras que fuera del contexto del VIH la culebrilla se asocia sobre todo a personas mayores, en quienes viven con VIH el riesgo se desplaza hacia edades más jóvenes, apoyando la hipótesis de ese “envejecimiento inmunológico” precoz.

Entre los factores que se asociaron a un mayor riesgo de desarrollar herpes zóster destacaban la edad avanzada, recuentos de CD4 muy bajos (especialmente por debajo de 50 células/mm³), la presencia de carga viral detectable y un mayor número de comorbilidades, tanto físicas como psiquiátricas. Es decir, no se trata solo del control del VIH, sino del estado global de salud y del sistema inmune.

Por otro lado, la vacunación frente al herpes zóster estaba muy poco extendida, incluso entre mayores de 50 años. La baja cobertura vacunal limita el impacto de una herramienta preventiva que, sin embargo, ha mostrado una gran eficacia, especialmente en su versión recombinante, donde la incidencia de herpes zóster en personas vacunadas fue muy baja en la práctica clínica real.

Vacunación frente al herpes zóster en personas con VIH

Hoy por hoy, existe una vacuna recombinante frente al herpes zóster (conocida como Shingrix en muchos países) que no contiene virus vivos y que ha demostrado una excelente respuesta clínica también en personas que viven con VIH. Esta vacuna se administra habitualmente en dos dosis separadas en el tiempo.

A partir de octubre de 2024, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE. UU. (CDC) recomiendan que todas las personas de 50 años o más reciban dos dosis de la vacuna recombinante frente al zóster, aunque ya hayan tenido culebrilla anteriormente. Además, aconsejan vacunar a personas a partir de los 18 años cuyo sistema inmunitario esté comprometido, incluyendo a quienes viven con VIH.

En el caso de personas con VIH avanzado y recuentos de CD4 bajos, la recomendación es vaccunarse cuanto antes, aun sabiendo que la respuesta a la vacuna puede ser algo menor que en personas con VIH bien controlado. La razón es sencilla: un sistema inmune debilitado aumenta tanto el riesgo de desarrollar herpes zóster como la probabilidad de sufrir complicaciones graves, de modo que la vacunación aporta un beneficio claro.

En Estados Unidos, muchas personas mayores recibieron en su día una vacuna viva atenuada frente al herpes zóster llamada Zostavax, que ya no se utiliza. Quienes se vacunaron con esa formulación también deberían recibir la vacuna recombinante actual, ya que se considera más eficaz y segura, especialmente en personas con problemas inmunitarios.

Un estudio de cohortes en personas con VIH vacunadas con la vacuna recombinante ha mostrado una prevalencia muy baja de reactivación del virus varicela-zóster tras la vacunación y una resolución completa de la neuralgia postherpética en los casos analizados. En esa investigación, se reclutaron 223 personas mayores de 18 años vacunadas entre 2022 y 2023; en 145 de ellas se evaluó la prevalencia de eventos de herpes zóster antes y después de la vacuna.

Se observó que un 37 % aproximadamente tenían algún episodio previo de herpes zóster antes de vacunarse, y en torno a un 9 % fueron vacunados después de un episodio de culebrilla. Al analizar los factores de riesgo de reactivación tras la vacuna, no se encontró una asociación clara con el estado viroinmunológico, la historia clínica de la infección por VIH o la medicación concomitante. Sí se relacionó la aparición de nuevos episodios con la edad y con comorbilidades hematológicas, oncológicas y hepáticas.

En conjunto, los datos apuntan a que la vacuna recombinante frente al zóster es una herramienta muy eficaz en personas que viven con VIH, con muy pocas recurrencias y buen perfil de seguridad. A pesar de ello, la realidad es que su uso sigue infrautilizado en muchos contextos, y las guías que la recomiendan de forma amplia no siempre se traducen en práctica clínica diaria.

Manejo del herpes zóster en personas con VIH: diagnóstico, tratamiento y seguimiento

Cuando una persona que vive con VIH presenta síntomas compatibles con herpes zóster —dolor localizado, hormigueo o quemazón, y aparición de vesículas en un solo lado del cuerpo— es fundamental consultar rápidamente con el equipo médico. El diagnóstico temprano permite iniciar cuanto antes el tratamiento antiviral y minimizar el riesgo de complicaciones, sobre todo en personas con CD4 bajos.

El tratamiento se basa en tres pilares: fármacos antivirales, control del dolor y cuidados locales de la piel. Los antivirales de referencia son el aciclovir, el valaciclovir y el famciclovir, todos ellos de prescripción médica. Lo ideal es iniciarlos en las primeras 72 horas desde la aparición del sarpullido, aunque en personas con inmunodeficiencia se suelen administrar incluso si se consulta más tarde, por el mayor riesgo de complicaciones.

Estos medicamentos ayudan a acortar la duración del brote, reducen la intensidad de los síntomas y disminuyen la probabilidad de desarrollar neuralgia postherpética. El control del dolor puede requerir desde analgésicos habituales hasta fármacos específicos para dolor neuropático en los casos más intensos.

En cuanto al cuidado de la piel, suele recomendarse mantener la zona limpia y seca, usar lociones calmantes para el picor si el médico lo indica y evitar rascarse. Si aparece una sobreinfección bacteriana en la piel, puede ser necesario añadir antibióticos tópicos u orales.

En personas con VIH, el manejo debe ser necesariamente multidisciplinar: además del especialista en infecciosas o en VIH, a menudo es útil contar con dermatología, neurología o psicología, ya que el impacto emocional de un brote de culebrilla puede aumentar el estrés y la ansiedad, especialmente cuando se suma a la carga de vivir con una infección crónica como el VIH.

El seguimiento médico regular es clave. Permite valorar la evolución de las lesiones, ajustar el tratamiento del dolor, vigilar posibles complicaciones neurológicas, oculares o viscerales, y revisar de paso el control del VIH, la adherencia a la terapia antirretroviral y la presencia de otras comorbilidades que puedan influir en el riesgo de nuevos episodios.

Prevención integral: más allá de la vacuna

La vacuna recombinante frente al herpes zóster es una herramienta central en la prevención, pero no es la única pieza del puzle. Para reducir al máximo el riesgo de culebrilla y sus complicaciones en personas que viven con VIH es necesario un enfoque integral del cuidado de la salud.

El primer pilar es mantener una buena adherencia al tratamiento antirretroviral. Tomar la medicación contra el VIH tal y como se ha prescrito es crucial para mantener la carga viral indetectable y conservar el recuento de CD4 lo más alto posible. Cuanto mejor esté el sistema inmunitario, menos probabilidades habrá de reactivación del virus varicela-zóster.

El segundo elemento es el monitoreo periódico con análisis de sangre y revisiones médicas. Estos controles permiten saber si el tratamiento del VIH está funcionando, detectar a tiempo descensos en el recuento de CD4, valorar la presencia de otras enfermedades asociadas y decidir el momento más adecuado para la vacunación frente al zóster en cada persona.

El estilo de vida también cuenta. Mantener una alimentación variada y equilibrada, practicar ejercicio de forma regular adaptado a las posibilidades de cada uno, dormir bien y reducir al mínimo el consumo de tabaco, alcohol y otras sustancias contribuye a que el sistema inmune funcione mejor en el día a día.

No conviene olvidar el componente emocional. Un nivel de estrés crónico elevado puede afectar negativamente a las defensas. Contar con apoyo psicológico, grupos de ayuda mutua o simplemente con espacios donde hablar sin tapujos de las preocupaciones relacionadas con el VIH puede marcar una diferencia real en la calidad de vida y, a la larga, en la salud física.

Por último, es importante estar atento a los primeros signos de herpes zóster. Si notas dolor localizado extraño, hormigueo, ardor o aparición de ampollas en una zona concreta de un lado del cuerpo, especialmente si vives con VIH o tienes las defensas bajas, conviene acudir pronto al médico. Cuanto antes se confirme el diagnóstico, más opciones hay de que el brote sea más leve y deje menos secuelas.

En conjunto, la evidencia científica y la experiencia clínica muestran que el herpes zóster sigue siendo una amenaza importante para las personas que viven con VIH, incluso cuando el virus está bien controlado. Sin embargo, también dejan claro que tenemos a nuestro alcance herramientas muy eficaces: tratamiento antirretroviral bien llevado, vacunación recombinante frente al zóster, seguimiento médico regular y estilos de vida que apoyen al sistema inmunitario. Integrar todo esto en la atención cotidiana permite reducir de forma notable el riesgo de culebrilla, detectar antes los episodios que aparezcan y disminuir el impacto físico y emocional que esta infección puede tener.


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