La aspirina es uno de los medicamentos más usados del mundo y muchísima gente se plantea si tomarla todos los días puede ayudar a vivir más y mejor, sobre todo para evitar infartos, ictus o incluso algunos tipos de cáncer. Sin embargo, cuando se habla de tomarla a diario, las cosas se complican: no es un simple analgésico para el dolor de cabeza, sino un fármaco con efectos potentes sobre la sangre y el sistema cardiovascular.
En los últimos años, varios estudios grandes han puesto en duda la idea de que cualquiera pueda beneficiarse de una aspirina diaria como prevención. En especial, se ha visto que en personas mayores sanas, ese hábito puede no aportar ventajas claras y, en cambio, aumentar el riesgo de hemorragias y de determinados tipos de cáncer avanzados. Por eso hoy, más que nunca, es clave entender bien sus riesgos y beneficios antes de decidir nada por tu cuenta.
Qué hace realmente la aspirina en el organismo
La aspirina pertenece al grupo de los antiinflamatorios no esteroideos (AINE) y, en dosis altas, se utiliza como analgésico y antipirético para el dolor y la fiebre. Sin embargo, en dosis bajas (habitualmente 75-100 mg al día) se usa por un motivo distinto: evita que las plaquetas se agrupen y formen coágulos de sangre con tanta facilidad.
Esos coágulos, o trombos, pueden bloquear arterias importantes: si se forma uno en una arteria coronaria y tapa el flujo, aparece un infarto de miocardio; si bloquea una arteria que lleva sangre al cerebro, se puede producir un ictus isquémico. Al hacer la sangre menos propensa a formar trombos, y teniendo en cuenta que plantas como el ginkgo biloba también afectan la coagulación, la aspirina a dosis bajas se utiliza desde hace décadas para reducir el riesgo de ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares en personas con un perfil de riesgo elevado.
Este mecanismo de acción tan sencillo, unido a que es un medicamento barato y muy conocido, ha alimentado la idea de que tomarla a diario podría ser una especie de “seguro” contra infartos y otros problemas graves. A partir de ahí surgió el interés en estudiar si también podría influir en otras enfermedades, como ciertos tipos de cáncer, sobre todo el colorrectal.
Conviene recordar que, pese a su fama de “segura”, la aspirina no es inocua: al interferir con la coagulación, aumenta la facilidad para sangrar, sobre todo en el tubo digestivo, donde la Helicobacter pylori puede aumentar el riesgo, y, en menor medida, en el cerebro. Por ello, cualquier decisión sobre tomarla a largo plazo implica siempre poner en una balanza su capacidad para prevenir coágulos frente al riesgo de provocar hemorragias.
Aspirina y cáncer: qué se sabía antes
Durante décadas se han acumulado estudios de observación en los que se vio que las personas que tomaban aspirina con frecuencia parecían tener menos diagnósticos de cáncer y una menor mortalidad por esta causa, especialmente en el cáncer de colon y recto. Estos trabajos no eran ensayos experimentales, sino análisis de grandes bases de datos de pacientes que ya tomaban aspirina por otros motivos.
En muchos de esos estudios se encontró una reducción apreciable del riesgo de cáncer colorrectal en quienes la utilizaban a largo plazo. También se observaron menos pólipos precancerosos en el colon, lo que sugería que la aspirina podría influir desde fases muy tempranas del desarrollo de los tumores, quizá mediante mecanismos antiinflamatorios o modulando la respuesta inmunitaria frente a células anómalas.
Un caso especialmente conocido es el de las personas con síndrome de Lynch, una alteración hereditaria que dispara el riesgo de padecer cáncer de colon y otros tumores digestivos. En este grupo, un ensayo clínico con dosis altas de aspirina (600 mg al día durante al menos dos años) mostró una reducción superior a un tercio en la aparición de cáncer colorrectal. Esa evidencia fue tan sólida que, en pacientes con este síndrome, hoy se aceptan pautas de aspirina como estrategia preventiva, siempre bajo control médico estricto.
Con el tiempo, y sumando resultados de diferentes trabajos, se llegó a plantear que la aspirina quizá podía reducir no solo la aparición de pólipos y tumores, sino también mejorar la supervivencia en algunos cánceres digestivos. Sin embargo, muchos de estos ensayos no se diseñaron desde el principio con el cáncer como objetivo principal, sino que esa información se obtuvo de manera secundaria, lo que deja algunas dudas metodológicas.
La aparente combinación de beneficios cardiovasculares y posible protección frente al cáncer colorrectal fue tan convincente que, en 2016, la Comisión de Servicios Preventivos de Estados Unidos (USPSTF) recomendó el uso diario de aspirina a dosis bajas en ciertos grupos de personas con alto riesgo cardiovascular, valorando también su potencial para disminuir el riesgo de cáncer de colon.
El estudio ASPREE: cuando los resultados dan la vuelta al guion
En este contexto tan favorable para la aspirina, el estudio ASPREE (Aspirin in Reducing Events in the Elderly) supuso un auténtico jarro de agua fría. Se trata de un ensayo clínico aleatorizado, es decir, del tipo de estudio con mayor nivel de evidencia, que se diseñó para analizar si la aspirina a dosis bajas aportaba beneficios en personas mayores sanas.
ASPREE incluyó alrededor de 19.000 participantes de 70 años o más (algo más jóvenes en el caso de algunos grupos específicos), en general con buena salud, sin demencia ni discapacidades físicas graves al inicio. La mayoría no había tomado aspirina de forma regular antes del estudio. Se les asignó al azar a recibir 100 mg diarios de aspirina o un placebo, y se les siguió durante casi cinco años de media.
El objetivo principal del estudio no era el cáncer, sino ver si la aspirina ayudaba a reducir la aparición de demencia, discapacidad física permanente o muerte de cualquier causa. El efecto sobre el riesgo de cáncer y las muertes por cáncer figuraba como objetivo secundario, pero aun así se recogió y analizó de manera rigurosa.
Los primeros resultados publicados ya mostraron algo inquietante: el grupo que recibió aspirina tuvo un ligero aumento de la mortalidad total en comparación con el grupo placebo. Al analizar de dónde venía esta diferencia, se vio que se debía sobre todo a un mayor número de muertes por cáncer en quienes tomaban la medicación a diario.
Cuando el equipo examinó con más detalle estos datos oncológicos, encontró que no había un incremento claro en el número total de diagnósticos de cáncer en el grupo de aspirina frente al placebo. Sin embargo, sí se observó un aumento de alrededor del 20 % en el riesgo de ser diagnosticado de un cáncer avanzado (es decir, con metástasis u otros criterios de enfermedad extendida) y un incremento cercano al 30 % en la probabilidad de morir por un cáncer avanzado.
El hallazgo fue especialmente llamativo en el caso del cáncer colorrectal, precisamente el tumor en el que más se había defendido el papel protector de la aspirina. En ASPREE, el riesgo de fallecer por cáncer de colon y recto en el grupo que tomó aspirina fue aproximadamente un 77 % mayor que en el grupo placebo. Varios expertos calificaron estos resultados como «totalmente inesperados» y subrayaron la necesidad de investigar a fondo por qué podía estar ocurriendo esto en personas de edad avanzada.
La edad como factor clave en los efectos de la aspirina
Una de las grandes preguntas que se plantean los investigadores tras ASPREE es si la edad modifica de forma decisiva la respuesta del organismo a la aspirina. Muchos de los estudios que habían encontrado beneficios frente al cáncer incluían, sobre todo, adultos de mediana edad o más jóvenes, mientras que ASPREE se centra en mayores de 70 años sanos.
En la vejez, el cuerpo no funciona igual que a los 40 o 50: el sistema inmunitario suele estar más debilitado y responde de manera diferente frente a infecciones, inflamación y células tumorales. Se ha propuesto que la aspirina podría interferir con ciertas vías inmunitarias que ayudan a mantener a raya tumores ya existentes pero aún ocultos, facilitando que se escapen al control y progresen hacia estadios avanzados.
Los autores del estudio y otros especialistas apuntan a que quizá la aspirina ejerce efectos opuestos según la etapa de la vida. Podría tener un papel más protector si se empieza a tomar en edades intermedias y se mantiene durante muchos años, mientras que, al introducirla por primera vez a partir de los 70, en personas aparentemente sanas, el balance podría inclinarse hacia un mayor riesgo de cáncer avanzado y de sangrados importantes.
Para profundizar en esta hipótesis, el equipo de ASPREE ha conservado muestras de sangre y de tejido tumoral de los participantes, con la idea de estudiar marcadores inmunitarios y moleculares que ayuden a entender mejor cómo influye la aspirina en el desarrollo y la progresión de los tumores en personas mayores. También está previsto seguir observando a los participantes durante más años, ya que, en otros estudios, los posibles beneficios frente al cáncer no se apreciaron hasta una década después de comenzar el tratamiento.
Varios expertos en prevención del cáncer subrayan que la gran lección de ASPREE es que no se puede dar por hecho que lo que funciona a los 50 funcione igual a los 75. En palabras de algunos investigadores, se hace evidente que hay algo distinto en la biología de los cánceres en la vejez o en la manera en que los adultos mayores responden a los fármacos preventivos. Esto refuerza la idea de que la prevención debe ser mucho más personalizada.
Beneficios cardiovasculares de la aspirina diaria
Más allá del cáncer, la razón principal por la que muchos médicos han prescrito aspirina diaria es su capacidad para reducir eventos cardiovasculares como el infarto o el ictus. Aquí conviene distinguir dos escenarios muy diferentes: la prevención primaria (evitar el primer evento) y la prevención secundaria (evitar recaídas en quien ya ha tenido uno).
En el campo de la prevención secundaria, la evidencia es contundente. Si ya has sufrido un infarto de miocardio, un ictus isquémico o determinados problemas vasculares, tomar una dosis baja de aspirina diaria suele ser una indicación clara, salvo contraindicaciones específicas. En estas situaciones, el riesgo de que se formen nuevos coágulos es alto, y los beneficios de la aspirina superan con creces los riesgos de sangrado en la mayoría de los pacientes.
En cambio, en la prevención primaria, es decir, en personas que nunca han tenido un infarto ni un derrame cerebral, la cosa es mucho menos clara. Para algunos adultos entre 40 y 59 años con un riesgo cardiovascular elevado (por factores como hipertensión, colesterol alto, tabaquismo o diabetes), una dosis baja de aspirina podría disminuir moderadamente la probabilidad de un primer evento. No obstante, ese posible beneficio debe sopesarse frente al aumento del riesgo de hemorragias, sobre todo en el estómago, los intestinos o el cerebro.
Un ejemplo ilustrativo es el estudio ASCEND, realizado en personas con diabetes, un grupo con mayor probabilidad de sufrir problemas cardíacos y vasculares. En este ensayo se vio que, aunque la aspirina reducía en cierta medida los eventos cardiovasculares, también aumentaba de forma significativa el riesgo de sangrado gastrointestinal. Al sumar y restar, el beneficio neto resultaba bastante ajustado, lo que ha generado más cautela a la hora de recomendarla de rutina a todos los diabéticos tipo 2.
Por tanto, en la práctica clínica actual, las recomendaciones se están moviendo hacia un enfoque mucho más selectivo: no se aconseja que toda persona sana tome aspirina a diario “por si acaso”. En vez de eso, se valora caso por caso, calculando el riesgo cardiovascular estimado y el riesgo individual de sangrado, para decidir si compensa o no introducir la medicación.
Riesgos más importantes al tomar aspirina todos los días
El principal precio a pagar por los efectos antitrombóticos de la aspirina es un mayor riesgo de hemorragia, que además puede verse modulado por consumos como el té verde. Este efecto adverso no es anecdótico y se vuelve más preocupante cuanto más alta es la dosis y cuanto mayor es la edad de la persona que la toma.
El problema más frecuente es la hemorragia gastrointestinal, que puede aparecer como sangrado en el estómago o en los intestinos. En estos casos, ajustar la dieta para combatir la gastritis puede ayudar a reducir el daño. A veces se manifiesta como heces negras o con sangre visible, vómitos con sangre o anemia progresiva sin otros síntomas llamativos. En casos graves, estas hemorragias pueden ser potencialmente mortales y requerir ingreso hospitalario, transfusiones o intervenciones de urgencia.
Otro riesgo, menos habitual pero muy temido, es el hemorragia intracraneal, es decir, sangrado dentro del cráneo. Aunque la probabilidad absoluta es baja, el resultado puede ser devastador. Este riesgo se incrementa con la edad, en personas con hipertensión mal controlada o en quienes ya han tenido antes un sangrado cerebral.
Además de los sangrados, existen otros efectos secundarios y contraindicaciones. Las personas con úlcera gástrica o duodenal activa, antecedentes de hemorragias digestivas importantes o problemas graves de coagulación suelen ser malas candidatas para una aspirina diaria, salvo que se asocien protectores gástricos y el beneficio esperado sea muy alto. Lo mismo ocurre con quienes presentan intolerancia, alergias a los AINE o ciertos tipos de asma desencadenada por estos fármacos.
Es importante insistir en que el riesgo de complicaciones hemorrágicas aumenta con la edad. Por eso, en personas mayores, sobre todo si no tienen antecedentes de infarto o ictus, la balanza entre beneficios y daños se inclina cada vez más hacia la prudencia. Muchos expertos coinciden en que, si no existe una indicación muy clara, no está justificado iniciar una aspirina diaria en mayores solo como prevención “general”.
Cuándo puede estar indicada la aspirina diaria y cuándo no
Con todos estos datos en la mano, la recomendación más sensata es que jamás se empiece a tomar aspirina a diario sin consultar con un profesional sanitario. La decisión debe individualizarse y basarse en el conjunto de factores de riesgo de cada persona.
Hay situaciones en las que la toma diaria de aspirina suele estar bien justificada, siempre que no existan contraindicaciones: haber sufrido un ataque cardíaco previo, un ictus isquémico o ciertos cuadros de enfermedad coronaria o vascular. En estos casos, las guías de práctica clínica apoyan con fuerza su uso continuado a dosis bajas (por ejemplo, 100 mg al día), salvo que el médico decida lo contrario por motivos concretos.
En otros grupos, como los pacientes con diabetes tipo 2 sin evento cardiovascular previo, sigue habiendo controversia. Algunos estudios apuntan a un beneficio discreto en la reducción de infartos y otros problemas cardiacos, pero los riesgos de sangrado podrían anular en parte ese efecto positivo. Incluso hay trabajos que han probado regímenes con dos comprimidos de 100 mg al día en determinados subgrupos, pero estas estrategias deben evaluarse con extrema cautela.
También se ha planteado el uso de aspirina en personas que han tenido cáncer del aparato digestivo (como colon o recto). Algunos datos sugieren que podría ayudar a reducir la probabilidad de metástasis o recurrencia, especialmente en tumores con ciertas características genéticas. No obstante, se trata de decisiones muy específicas que se toman en entornos oncológicos, valorando minuciosamente el perfil de riesgo de cada paciente y la presencia de antecedentes familiares.
En el lado contrario, se aconseja evitar la aspirina diaria, salvo indicación muy precisa, en quienes han padecido úlceras graves, hemorragias digestivas, problemas de indigestión severa o en los que precisan ya otros anticoagulantes más potentes (como acenocumarol o los anticoagulantes orales de nueva generación) para tratar arritmias como la fibrilación auricular. En estos casos, añadir aspirina puede multiplicar el riesgo de sangrado sin aportar un beneficio proporcional, y algunos suplementos como el ajo y sus contraindicaciones pueden aumentar aún más ese peligro.
Como norma general, si tu médico te la prescribe para tomarla a diario, es habitual que te recomiende ingerirla después de las comidas y no con el estómago vacío, para minimizar molestias digestivas. Pero, de nuevo, la pauta concreta y la conveniencia de usar protectores gástricos la debe determinar siempre un profesional.
Con todo lo que se sabe hasta ahora, parece claro que la aspirina ha pasado de ser vista como una “tableta milagrosa” a entenderse como un medicamento potente que puede ser muy útil en unas personas y poco aconsejable en otras. El mensaje central es no automedicarse a largo plazo y pedir siempre una valoración individualizada del riesgo cardiovascular, oncológico y hemorrágico.
En última instancia, la nueva evidencia, incluidos estudios como ASPREE y ASCEND, está llevando a muchos especialistas a replantearse el uso indiscriminado de la aspirina en la población general como prevención. La tendencia actual es reservarla para quienes realmente pueden sacar más partido de sus efectos que sufrir sus posibles complicaciones, mientras se sigue investigando para aclarar qué perfiles de pacientes se benefician de verdad y en qué etapas de la vida conviene más utilizarla.
Todo apunta a que el futuro de la aspirina en prevención será cada vez más personalizado y selectivo, teniendo en cuenta no solo la edad, sino también los antecedentes familiares, la genética, el estado del sistema inmunitario y la coexistencia de otras enfermedades. Mientras tanto, antes de convertir la aspirina en una rutina diaria, merece la pena sentarse con el médico, revisar pros y contras con calma y decidir de forma conjunta si, en tu caso concreto, realmente compensa.
