La cesta de la compra se ha convertido en un quebradero de cabeza para muchas familias, pero hay un apartado que resiste el embate de la inflación: la fruta y la verdura fresca. A pesar de que la presión sobre el presupuesto doméstico es cada vez más evidente, los consumidores europeos siguen considerando estos productos como una necesidad básica a la que no están dispuestos a renunciar. Así lo refleja una reciente encuesta realizada en 2026 por la International Fresh Produce Association (IFPA) entre consumidores alemanes, cuyos resultados dibujan un panorama claro sobre las prioridades alimentarias en tiempos de vacas flacas.
El estudio, que contó con la participación de 752 personas, revela que aunque un 31% de los encuestados reconoce haber reducido sus compras en general por motivos económicos, y otro 31% admite haber eliminado ciertos productos de su lista habitual, la fruta y la verdura fresca se mantienen como una de las categorías con menor riesgo de ser descartadas. De hecho, solo un 6% de los participantes afirmó que prescindiría de estos alimentos si sus precios siguieran subiendo en el supermercado. En cambio, la fruta en conserva se muestra mucho más vulnerable: un 24% de los consumidores estaría dispuesto a recortar esta partida si la cosa se pone fea.
La frescura y el precio: los dos grandes tirones del mercado

Cuando llega la hora de decidir dónde comprar, la frescura del producto se alza como el factor más determinante, influyendo en el 78% de los encuestados. Muy de cerca le sigue la relación calidad-precio, que pesa en el 76% de las decisiones, y la calidad del producto en sí, que importa a un 73%. La variedad del surtido disponible también juega un papel relevante, ya que un 68% de los consumidores valora poder elegir entre distintas opciones. Las ofertas especiales, descuentos y promociones, aunque no lideran la lista, tampoco pasan desapercibidas: un 64% de los compradores reconoce que estos alicientes influyen en su elección.
Pero no todo es cuestión de bolsillo y de aspecto. La salud sigue siendo un pilar fundamental en la toma de decisiones alimentarias. Un 65% de los encuestados coincide en que el bienestar físico es uno de los factores más importantes a la hora de decidir qué comer, y más de la mitad, concretamente un 52%, declara intentar consumir productos ecológicos siempre que tiene la oportunidad. Esta tendencia hacia lo natural no es ninguna novedad, pero los datos confirman que se ha consolidado como una corriente de fondo que ni la crisis económica ha logrado frenar.
La percepción del sector fresco empeora entre los consumidores
A pesar de la fidelidad de los consumidores hacia la fruta y verdura fresca, no todo son buenas noticias para el sector. La imagen que tienen los compradores de la industria de productos frescos ha sufrido un deterioro notable en los últimos años. Según la misma encuesta, el porcentaje de alemanes con una opinión favorable de este sector cayó del 59% en 2024 al 54% en 2026. Este descenso, aunque no es dramático, sí refleja un cierto desencanto que el sector deberá tener en cuenta si quiere mantener la confianza de sus clientes.
En paralelo, los mercados mayoristas de otros países europeos también reflejan una realidad mixta, con subidas y bajadas que dependen en gran medida de las condiciones climáticas y de la oferta disponible. Por ejemplo, en algunos mercados al por mayor se ha observado un incremento notable en los precios de hortalizas de hoja y de ciertos tubérculos debido a las lluvias torrenciales y a la reducción de las cosechas. Productos como los pepinos, las cebolletas o las calabazas han visto cómo sus precios se disparaban entre 2.000 y 5.000 unidades monetarias por kilo en cuestión de días. El clima sigue siendo el gran juez del precio de las verduras, y esta vez ha golpeado con fuerza a las variedades más sensibles.
Contraste de precios: mientras unas verduras suben, otras bajan
Sin embargo, no todo es cuesta arriba. En el mismo periodo, otros productos han registrado caídas de precio debido al lento ritmo de consumo. Las lechugas, por ejemplo, han pasado de 25.000 a 15.000 unidades monetarias por kilo en algunos mercados, mientras que las espinacas han bajado 5.000 unidades y el calabacín verde ha retrocedido 3.000. Esta dualidad de precios, con subidas y bajadas conviviendo en el mismo mercado, confirma que la oferta y la demanda se mueven en direcciones opuestas según el tipo de producto y la estación del año.
Esta volatilidad de precios no es exclusiva del mercado europeo. En otras latitudes, como en América Latina, se observan fenómenos similares. En mercados municipales de Argentina, por ejemplo, la recorrida por puestos de frutas y verduras revela que el morrón se cotiza a precios elevados mientras que el tomate y el zapallito mantienen valores más accesibles. Las mandarinas, las naranjas y las manzanas también presentan horquillas de precios amplias según la variedad y el puesto. Lo que está claro es que, en todo el mundo, los consumidores buscan el mejor equilibrio entre lo que les pide el cuerpo y lo que les permite el bolsillo.
En Estados Unidos, la situación es si cabe más compleja. El alto precio de los alimentos está dificultando que las personas con menos recursos puedan permitirse comprar frutas y verduras con regularidad. En el Bronx de Nueva York, con una tasa de pobreza del 28% —muy por encima del 18% de toda la ciudad—, una organización local se ha propuesto paliar esta situación repartiendo vegetales frescos entre las familias más necesitadas. Los comerciantes del mercado mayorista colaboran donando excedentes que están en buen estado pero que no pueden venderse, y las familias receptoras pueden elegir los productos que conocen y saben cocinar. Una iniciativa que, en plena crisis de precios, se ha convertido en un salvavidas para muchos hogares.
La lección que se extrae de todo esto es que la fruta y la verdura fresca siguen siendo un pilar básico en la dieta de los europeos, y que los consumidores están dispuestos a hacer sacrificios en otras partidas antes que renunciar a estos alimentos. La salud, la frescura y el precio son los tres pilares sobre los que se sustenta esta fidelidad, y aunque la percepción del sector haya empeorado ligeramente, la demanda no ha dado muestras de flaquear. Las fluctuaciones de precios, provocadas en gran medida por el clima y la oferta, seguirán marcando el ritmo de los mercados, pero lo que parece claro es que la fruta y la verdura fresca no son un lujo sino una necesidad, y mientras haya consumidores dispuestos a priorizarla, el sector tendrá motivos para mirar el futuro con optimismo.
