La menopausia es una etapa de profundos cambios hormonales en la vida de la mujer, y desde hace tiempo se ha asociado a la necesidad de cuidar de forma especial la salud ósea y el metabolismo del calcio. Durante años, a las mujeres con menopausia se les ha prescrito de forma casi rutinaria suplementos de calcio y vitamina D con el objetivo de prevenir la osteoporosis y las fracturas. Sin embargo, los estudios más recientes matizan esta idea y muestran que la relación entre vitamina D, síntomas de la menopausia y riesgo óseo es más compleja de lo que se pensaba.
Un ensayo clínico de gran envergadura, realizado en el marco de la Women’s Health Initiative y publicado en la revista Maturitas, evaluó a más de 34.000 mujeres de entre 50 y 79 años. En este estudio se monitorizaron más de 20 síntomas de la menopausia, como los sofocos, la fatiga, los desequilibrios emocionales y los problemas para dormir, con el fin de comprobar si existía relación entre estos síntomas y los niveles de vitamina D. El análisis no encontró una relación significativa entre los niveles bajos de vitamina D en sangre y la presencia o gravedad de esos síntomas.
Se trató de un ensayo clínico a largo plazo: las mujeres fueron seguidas durante un promedio de casi seis años, un periodo durante el cual la mitad de ellas tomó suplementos diarios de calcio y vitamina D y la otra mitad recibió píldoras de placebo. El objetivo era analizar no sólo la salud ósea y el riesgo de fracturas, sino también si la suplementación podía influir en los síntomas climatéricos.
El resultado fue que el número medio de síntomas de la menopausia en ambos grupos fue prácticamente el mismo (algo más de seis). Las mujeres que se sometieron a un tratamiento con calcio y vitamina D presentaron los mismos problemas para dormir, el mismo nivel de fatiga y un bienestar emocional muy similar al de las mujeres que tomaron placebo. Esto sugiere que, al menos en esta población estudiada, la suplementación no tuvo un impacto significativo sobre los síntomas típicos de la menopausia.
No obstante, uno de los responsables del ensayo quiso dejar una ventana abierta a la posible efectividad del calcio y la vitamina D para aliviar ciertos síntomas menopáusicos. Propuso la realización de nuevos estudios en mujeres más jóvenes (por ejemplo, con un promedio de edad alrededor de 51 años), dado que en el ensayo en cuestión la edad media fue de 64 años, y es en esa época cuando, por lo general, se producen los síntomas más intensos y las variaciones hormonales más bruscas. La hipótesis es que, en fases más tempranas del climaterio, la influencia de la vitamina D sobre los estrógenos, la serotonina o la insulina podría manifestarse de forma diferente.
Qué es la vitamina D y por qué es tan importante en la menopausia

La vitamina D, también llamada calciferol, es una vitamina liposoluble imprescindible para mantener una correcta formación de huesos y dientes y para asegurar una adecuada absorción del calcio en el intestino. Además, desempeña un papel esencial en el movimiento de los músculos, en la transmisión nerviosa entre el cerebro y el resto del cuerpo y en el buen funcionamiento del sistema inmunitario, que la necesita para combatir virus y bacterias.
En la etapa de la menopausia y postmenopausia, la disminución de las hormonas sexuales femeninas, especialmente de los estrógenos, acelera la pérdida de masa ósea y hace que los huesos se vuelvan más frágiles. Esto incrementa el riesgo de osteoporosis y de fracturas. Una vitamina D suficiente ayuda a optimizar la absorción intestinal de calcio y a mantener un metabolismo mineral más estable, reduciendo así parte del impacto de la caída de estrógenos sobre el esqueleto.
Pero la vitamina D no actúa sólo en el hueso. Se ha observado que participa en la regulación de la respuesta inmunitaria, en la función cardiovascular, en el metabolismo de la glucosa y en procesos de proliferación y diferenciación celular, lo que vincula su déficit con un mayor riesgo de enfermedades autoinmunes, procesos oncológicos, enfermedades metabólicas y posibles alteraciones de la fertilidad.
Menopausia, huesos y papel de la vitamina D y el calcio

El hueso es una estructura muy activa. De forma continua se produce un proceso denominado remodelado óseo, en el que conviven la resorción (actividad de los osteoclastos) y la formación ósea (actividad de los osteoblastos). Ambos tipos celulares se originan a partir de progenitores de la médula ósea y están modulados por múltiples citocinas y por las hormonas sexuales.
La cantidad de masa ósea en cada momento refleja el equilibrio entre las fuerzas formadoras y las destructoras del hueso, y este equilibrio está influido por numerosos factores estimuladores e inhibidores. Con el envejecimiento y la carencia de estrógenos en el período climatérico se incrementa de forma marcada la actividad osteoclástica, por lo que se pierde hueso más rápido de lo que se forma.
Cuando disminuye el aporte o la absorción de calcio, la concentración de calcio ionizado en sangre se reduce. Esto activa la secreción de hormona paratiroidea (PTH), que moviliza calcio desde el hueso estimulando directamente la actividad de los osteoclastos. Al mismo tiempo, el aumento de PTH favorece la producción de vitamina D activa, que incrementa la absorción intestinal de calcio para intentar compensar el déficit. En la mujer con déficit de estrógenos, el hueso se vuelve además más sensible a la acción de la PTH.
La osteoporosis se define por una reducción de la masa ósea y un deterioro de la microarquitectura del tejido óseo, lo que aumenta la fragilidad del hueso y el riesgo de fracturas por traumatismos mínimos. En el esqueleto distinguimos el hueso cortical, que representa alrededor del 80% del total y forma el esqueleto periférico, y el hueso trabecular, que está presente en la columna vertebral, la pelvis y la parte proximal del fémur. Este último, con estructura en panal, es especialmente vulnerable a la pérdida ósea rápida de la menopausia.
El riesgo de fracturas en la mujer menopáusica depende en buena medida de la masa ósea alcanzada en la juventud y de la velocidad de pérdida ósea tras el cese de la función ovárica. La masa ósea máxima viene condicionada por la herencia y factores endocrinos, pero también por el estilo de vida: alimentación, ejercicio físico, exposición solar y hábitos tóxicos. Una ingesta adecuada de calcio y vitamina D desde edades tempranas, combinada con actividad física regular, contribuye a alcanzar un pico de masa ósea más alto que actúa como “reserva” frente a la pérdida posterior.
Relación entre vitamina D, síntomas menopáusicos y enfermedades asociadas
Además de su papel sobre el esqueleto y los músculos, la vitamina D parece relacionarse con varios síntomas de la menopausia y con diversas enfermedades crónicas más frecuentes en esta etapa. Se ha propuesto que un déficit prolongado podría contribuir a empeorar síntomas como la fatiga, ciertos dolores musculares y articulares o incluso algunos trastornos del ánimo, al influir en el metabolismo de la serotonina y de otros neurotransmisores.
En mujeres menopáusicas, un nivel bajo de vitamina D se ha asociado de forma consistente con una mayor fragilidad ósea, un aumento del riesgo de fracturas, sarcopenia (pérdida de masa y fuerza muscular) y mayor probabilidad de caídas. Además, se investiga su relación con un incremento del riesgo de obesidad, síndrome metabólico, diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular (coronaria y cerebrovascular) y determinados cánceres hormonodependientes como el de mama o colon.
Aunque la evidencia sobre la influencia directa de la suplementación con vitamina D en los sofocos, el insomnio o los cambios de humor es todavía poco concluyente, sí parece claro que mantener niveles adecuados contribuye a reducir la morbimortalidad global asociada a la menopausia gracias a sus efectos sobre el hueso, el músculo, el sistema inmune y el metabolismo.
Con todo ello, muchas sociedades científicas recomiendan en mujeres con osteoporosis postmenopáusica bajo tratamiento antiresortivo mantener niveles óptimos de vitamina D para optimizar la densidad mineral ósea y mejorar la respuesta a los tratamientos, siempre en el marco de una intervención global que incluya alimentación saludable y ejercicio físico regular.
En conjunto, la evidencia sugiere que, aunque la vitamina D no es una solución mágica para los síntomas climatéricos, su papel en la salud ósea, muscular, metabólica e inmunológica convierte su control en un aspecto clave del cuidado integral de la mujer en la menopausia.
Todo ello sitúa a la vitamina D y al calcio como aliados importantes dentro de una estrategia más amplia de salud que incluye dieta equilibrada, exposición solar prudente, control de factores de riesgo y actividad física, sin olvidar que la suplementación debe estar siempre individualizada y supervisada por un profesional sanitario.