Edad del corazón y salud cardiovascular: guía completa

  • La edad del corazón o edad vascular refleja el desgaste real del sistema cardiovascular frente a la edad del DNI.
  • Factores como hipertensión, colesterol alto, diabetes, tabaco y sedentarismo aceleran el envejecimiento del corazón.
  • La edad vascular motiva más que un porcentaje de riesgo y mejora la adherencia a cambios de estilo de vida y tratamientos.
  • Alimentación mediterránea, ejercicio regular, dejar de fumar y buen control de tensión, colesterol y glucosa pueden rejuvenecer la edad vascular.

edad del corazon y salud cardiovascular

La edad que aparece en el DNI no siempre coincide con los años reales de nuestro sistema cardiovascular. Podemos tener 45 años según el calendario y, sin embargo, un corazón con el desgaste típico de una persona de 60, si acumulamos tensión alta, colesterol elevado, diabetes o tabaquismo. Esta diferencia entre la edad cronológica y el estado de arterias y corazón es lo que los especialistas llaman edad vascular o edad del corazón.

Comprender bien qué significa esa edad del corazón, cómo se calcula y, sobre todo, qué podemos hacer para bajarla, es clave para reducir el riesgo de infarto, ictus o insuficiencia cardiaca. A lo largo de este artículo verás qué cambios sufre el sistema cardiovascular al envejecer, cómo se estima el riesgo con tablas como Framingham o SCORE, por qué la edad vascular es tan útil para concienciar y qué hábitos concretos ayudan a rejuvenecer el corazón, especialmente a partir de los 40-45 años.

Qué es la edad del corazón o edad vascular

Cuando los cardiólogos hablan de edad vascular se refieren a la edad teórica de las arterias y del corazón comparada con una persona del mismo sexo que tiene todos los factores de riesgo bien controlados. Es decir, se busca responder a la pregunta: “si mis cifras de tensión, colesterol, azúcar y mi hábito de fumar se mantuvieran como están, ¿a qué edad ‘sana’ equivaldría mi riesgo de sufrir un evento cardiovascular?”

La definición clásica, utilizada en estudios y guías clínicas, explica que la edad vascular de un paciente con factores de riesgo es la edad que tendría una persona del mismo sexo, sin factores de riesgo o con ellos en rango óptimo, pero con la misma probabilidad de presentar un infarto, un ictus o morir por causa cardiovascular que el propio paciente. De este modo, el concepto traduce un porcentaje de riesgo (algo bastante abstracto) en algo que cualquiera entiende: años de vida vascular perdidos o ganados.

Imagina, por ejemplo, un hombre de 40 años que fuma, tiene la tensión muy alta y un colesterol disparado. Según las ecuaciones de riesgo europeas (SCORE), su probabilidad de morir por una causa cardiovascular en 10 años puede situarse en torno al 2%. Esa cifra, aislada, puede sonar “poco alarmante”. Sin embargo, cuando esa misma probabilidad se transforma en edad del corazón, el resultado puede ser que su edad vascular equivalga a 63 años. Es decir, aunque su DNI marque 40, se mueve con el riesgo de alguien sano de 63 años.

La gran ventaja de esta herramienta es comunicativa: muchos pacientes se muestran bastante tolerantes ante un “riesgo del 2% a 10 años”, pero reaccionan de otra manera cuando escuchan que su “corazón tiene 20 o 25 años más de lo que marca su edad” si no cambia de hábitos. Esa llamada de atención, bien explicada en consulta, aumenta la adherencia a la medicación y a los cambios de estilo de vida.

Cómo envejece el corazón y el sistema cardiovascular

El corazón, igual que el resto del organismo, va cambiando con los años. Parte de estos cambios son universales y se consideran fisiológicos, fruto del propio uso y del paso del tiempo, pero otros dependen de los factores de riesgo acumulados y de las enfermedades sufridas a lo largo de la vida. Cada pequeño “golpe” (tabaquismo, hipertensión mal controlada, colesterol, diabetes, obesidad, sedentarismo) deja huella en las arterias y en el músculo cardiaco.

En términos funcionales, el resultado es una disminución progresiva de la reserva del organismo: el corazón se vuelve menos capaz de responder a esfuerzos intensos o situaciones de estrés, y nos volvemos más vulnerables. Cuando aparece una enfermedad cardiaca, su pronóstico suele ser peor cuanto mayor es la edad y cuantos más años lleven presentes esos factores de riesgo.

Aunque cada persona envejece a su ritmo, se observan patrones bastante constantes. Con la edad, el músculo cardiaco tiende a engrosarse, sobre todo el ventrículo izquierdo, como respuesta a una tensión arterial alta mantenida. Al mismo tiempo, las arterias pierden elasticidad, su pared se hace más rígida y aumenta la presión arterial sistólica (la “alta”). Esta combinación incrementa la carga de trabajo del corazón y favorece que, a partir de ciertas edades, se dispare el riesgo de insuficiencia cardiaca, infarto o ictus.

También se producen alteraciones en el sistema eléctrico cardíaco: la frecuencia cardiaca máxima disminuye con los años, lo que limita la capacidad para hacer ejercicio de alta intensidad, y aumentan las probabilidades de desarrollar arritmias, como la fibrilación auricular. Además, se acumulan depósitos de grasa y calcio en el interior de las arterias (aterosclerosis), que estrechan la luz del vaso y reducen el flujo sanguíneo hacia el corazón, el cerebro o las extremidades.

Todo esto explica por qué la edad avanzada es uno de los principales factores de riesgo de casi todas las cardiopatías: la insuficiencia cardiaca se duplica en incidencia cada década tras los 40-45 años, las enfermedades coronarias son mucho más frecuentes en personas mayores, y la hipertensión se vuelve casi la norma a partir de ciertas edades si no se ha trabajado bien la prevención.

También se producen alteraciones en el sistema eléctrico cardíaco: la frecuencia cardiaca máxima disminuye con los años, lo que limita la capacidad para hacer ejercicio de alta intensidad, y aumentan las probabilidades de desarrollar arritmias, como la fibrilación auricular. Además, se acumulan depósitos de grasa y calcio en el interior de las arterias (aterosclerosis), que estrechan la luz del vaso y reducen el flujo sanguíneo hacia el corazón, el cerebro o las extremidades.

Todo esto explica por qué la edad avanzada es uno de los principales factores de riesgo de casi todas las cardiopatías: la insuficiencia cardiaca se duplica en incidencia cada década tras los 40-45 años, las enfermedades coronarias son mucho más frecuentes en personas mayores, y la hipertensión se vuelve casi la norma a partir de ciertas edades si no se ha trabajado bien la prevención.

Cambios específicos en el corazón con el envejecimiento

Desde un punto de vista más detallado, pueden describirse varios cambios estructurales y funcionales que afectan tanto al corazón como a los vasos:

  • Rigidez arterial progresiva, con pérdida de elasticidad de la pared vascular y aumento de la presión arterial.
  • Engrosamiento del ventrículo izquierdo para hacer frente a la sobrecarga de presión, aunque a costa de una peor relajación y llenado.
  • Reducción de la frecuencia cardiaca máxima, lo que disminuye la capacidad para esfuerzos intensos y alarga el tiempo de recuperación tras la actividad física.
  • Mayor inestabilidad del sistema eléctrico del corazón, con más riesgo de arritmias.
  • Acumulación lenta de placas de ateroma de grasa y calcio en las arterias coronarias y cerebrales, base del infarto y del ictus isquémico.

Estos cambios, por sí solos, no significan necesariamente enfermedad, pero sí indican que el margen de maniobra del organismo se va estrechando. De ahí que la persona mayor sea la “principal víctima” de muchas cardiopatías: cuando llega un problema, como una infección grave o un infarto, la reserva funcional es menor y las complicaciones son más probables.

Por otro lado, el envejecimiento cardiovascular no es solo una cuestión de edad biológica. Dos personas de 70 años pueden presentar realidades completamente distintas: una puede seguir caminando a buen ritmo, con una tensión controlada y sin grandes limitaciones, y otra, de la misma edad, puede estar ya con una insuficiencia cardiaca avanzada. La diferencia está en los hábitos de vida acumulados y en el control de los factores de riesgo durante décadas.

Datos recientes en España muestran cómo el riesgo se dispara con la edad. En el grupo de 40-49 años, la hipertensión puede rondar el 18% y la insuficiencia cardiaca ser anecdótica; en cambio, por encima de los 80 años, hasta dos tercios de la población puede tener la tensión alta y alrededor del 12% padecer insuficiencia cardiaca. Lo importante es que, aun con esa tendencia general, las estrategias de prevención pueden reducir el impacto real de la enfermedad cardiovascular hasta la mitad.

Factores de riesgo que envejecen el corazón

La principal razón por la que la edad vascular se separa de la edad del DNI son los factores de riesgo cardiovascular mal controlados. Cada uno de ellos empuja en la dirección de un “corazón más viejo”, y cuando se suman, el efecto es multiplicador:

El colesterol LDL elevado favorece la formación de placas de ateroma en el interior de las arterias. Con el tiempo, estas placas estrechan el vaso, dificultan el flujo sanguíneo y pueden romperse, originando un trombo que cierre de golpe la arteria. Es el mecanismo típico del infarto de miocardio, del ictus isquémico o de la enfermedad arterial periférica. Cuanto más tiempo pasan las arterias expuestas a niveles altos de LDL, más avanzadas tienden a ser las lesiones.

La hipertensión arterial es otro gran acelerador del envejecimiento vascular. La presión alta daña de forma constante la pared de los vasos, contribuye a su endurecimiento (arterioesclerosis) y fuerza al corazón a trabajar contra una resistencia mayor. A largo plazo, esto se traduce en una hipertrofia del ventrículo izquierdo, una menor capacidad de relajación y un riesgo incrementado de arritmias, insuficiencia cardiaca, infarto e ictus.

La diabetes y las alteraciones de la glucosa también deterioran el endotelio (la capa interna de los vasos), favorecen la inflamación crónica y la aterosclerosis. Una persona con diabetes mal controlada puede duplicar el riesgo de sufrir una enfermedad cardiaca respecto a otra sin diabetes. Además, la diabetes suele ir asociada a otros factores, como sobrepeso, dislipemia o hipertensión, lo que agrava el panorama.

El tabaco y los vapeadores son, probablemente, dos de los peores enemigos del corazón. Fumar acelera la aterosclerosis, causa daño directo en la pared arterial y favorece la formación de coágulos. La combinación de tabaco con presión alta y colesterol elevado crea un cóctel perfecto para el infarto. Por suerte, dejar de fumar, incluso a edades avanzadas, consigue reducir de forma notable el riesgo acumulado y contribuye a “quitar años” a la edad vascular.

El sobrepeso y la obesidad se relacionan con cardiopatía isquémica, ictus, diabetes tipo 2, artrosis y algunos tipos de cáncer. Aumentan la carga de trabajo del corazón, empeoran el control de la tensión y del colesterol, y suelen ir unidos a sedentarismo. La buena noticia es que pérdidas de peso relativamente moderadas ya consiguen mejoras significativas en la presión arterial, el perfil lipídico y la glucosa.

Cálculo del riesgo cardiovascular y su relación con la edad vascular

Desde mediados del siglo XX se han diseñado múltiples modelos matemáticos para estimar el riesgo de que una persona sufra un evento cardiovascular en los próximos años. El más conocido es el derivado del estudio Framingham, realizado en una población de Massachusetts, a partir del cual se han desarrollado ecuaciones de riesgo basadas en regresión de Cox que permiten calcular probabilidades a 10 años.

En Europa es muy habitual utilizar el sistema SCORE (Systemic Coronary Risk Estimation), que estima el riesgo de muerte cardiovascular a 10 años (por infarto o ictus) a partir de datos como edad, sexo, tabaquismo, presión arterial sistólica y colesterol. España se considera país de bajo riesgo dentro de SCORE, y en los últimos años se han publicado calibraciones específicas para ajustar mejor las tablas a nuestra realidad.

Una de las críticas clásicas a estos modelos es que ofrecen un riesgo absoluto (por ejemplo, 2% a 10 años) que se basa en grandes poblaciones pero se aplica a individuos concretos. No son capaces de señalar con precisión quién sufrirá el evento, la sensibilidad y la especificidad están lejos del 100%, y además pueden infraestimar el riesgo en personas jóvenes que ya acumulan varios factores de riesgo, como el caso del varón de 40 años, fumador y con tensión muy alta.

Para matizar esa visión, se han propuesto varias alternativas. Una es el riesgo relativo, que compara el riesgo del paciente con el de una situación teóricamente ideal (no fumar, presión y colesterol óptimos). Otra es el riesgo a largo plazo o de por vida, cuyo horizonte temporal se amplía más allá de los 10 años, pensando en 30 años o incluso en el resto de la vida. También se han explorado los percentiles de riesgo, que sitúan a la persona frente a sus coetáneos: por ejemplo, un riesgo SCORE del 2% a los 40 años puede corresponder a un percentil por encima del 90, lo que indica que menos del 10% de personas de su edad están peor que él.

Sin embargo, todos estos refinamientos siguen moviéndose en un terreno numérico y algo abstracto. Aquí es donde entra en juego la edad vascular: a partir del riesgo absoluto calculado con Framingham o SCORE, se determina qué edad tendría que tener una persona “ideal” para igualar ese mismo riesgo. De este modo, un paciente pasa de oír que su riesgo es “moderado, 2% a 10 años” a escuchar que su corazón y sus arterias se comportan como las de alguien 20 o 25 años mayor. El concepto es mucho más tangible.

Por qué la edad del corazón motiva más que el “riesgo X%

Desde el punto de vista del paciente, la palabra “riesgo” tiene dos caras. Por un lado es un concepto matemático, que muchas personas no terminan de comprender; por otro, está la percepción subjetiva del riesgo, que hace que uno sea más o menos tolerante a ese peligro. En general, la gente es más intolerante si el riesgo es inmediato, muy grave, poco controlable y ajeno a su voluntad, y más tolerante si parece lejano en el tiempo, controlable y “natural”.

El riesgo cardiovascular reúne muchos ingredientes que favorecen esa tolerancia: los problemas suelen aparecer a largo plazo, los síntomas suelen faltar durante años (arteriosclerosis silenciosa), y buena parte del control depende de la propia conducta (comer mejor, hacer ejercicio, tomar la medicación, dejar de fumar). Por eso no es raro que, ante un porcentaje como “2% a 10 años”, un paciente piense: “tengo un 98% de posibilidades de seguir bien, tampoco será para tanto”.

Transformar ese 2% en una frase como “tu corazón tiene 65 años” cambia por completo el encuadre. De repente, la persona se ve a sí misma, con 40 años, pero con un sistema cardiovascular que arrastra el desgaste de alguien mucho mayor. Esta forma de comunicar el riesgo es más fácil de entender, menos abstracta y, sobre todo, más eficaz para generar cambios: quien percibe que ha “envejecido” 20 años de golpe está más dispuesto a bajar la sal, moverse más o dejar el tabaco.

Esta intuición comunicativa no se queda solo en la teoría. Se ha realizado un ensayo clínico aleatorizado con miles de participantes en el que se compararon tres estrategias: atención habitual sin dar información de riesgo, información del riesgo absoluto y explicación de la edad vascular junto al riesgo. Tras un año de seguimiento, el grupo informado de la edad vascular fue el que más mejoró sus factores de riesgo (peso, perímetro abdominal, tensión, perfil lipídico, glucosa y hábito tabáquico) y el que más redujo su riesgo cardiovascular global.

Esa evidencia respalda el uso de la edad del corazón como herramienta práctica en consulta: no solo informa, sino que ayuda a que el paciente se implique realmente en la prevención, algo fundamental en un modelo de medicina menos paternalista, donde las decisiones se toman de forma compartida entre profesional y paciente.

La calculadora de la edad del corazón y su utilidad

Con el objetivo de concienciar mejor a la población, han surgido distintas calculadoras de edad del corazón o edad vascular basadas en modelos de riesgo como Framingham o SCORE. Una de ellas, desarrollada específicamente para personas con factores de riesgo, cruza datos que no se pueden cambiar (sexo y edad cronológica) con factores modificables como la presión arterial, el colesterol y el tabaquismo.

A partir de esa información, la herramienta estima si tus arterias están “en buen estado” para tu edad o si, por el contrario, presentan un envejecimiento prematuro. Por ejemplo, alguien de 45 años, fumador, con colesterol LDL muy alto y con tensión mal controlada, puede descubrir que su edad vascular equivale a la de una persona sana de 60. Ese desfase refleja el desgaste acumulado y el mayor riesgo de infarto, ictus, enfermedad arterial periférica, aneurisma de aorta o estenosis de carótida.

Este tipo de calculadoras se han presentado en congresos de organizaciones de pacientes cardiovasculares y muchas están disponibles de forma libre en webs especializadas, junto con recomendaciones para mejorar hábitos y reducir el riesgo. No sustituyen a una valoración médica completa, pero son una puerta de entrada muy valiosa para que la gente entienda dónde está y qué podría ganar corrigiendo sus hábitos.

Siempre conviene recordar que, aunque las ecuaciones están basadas en grandes estudios y ajustadas a poblaciones concretas, ninguna calculadora puede predecir con exactitud el futuro de un individuo. Su fuerza reside en ofrecer una estimación razonable y, sobre todo, en servir de punto de partida para conversar con el médico y establecer objetivos realistas de cambio.

Prevención a cualquier edad: nunca es tarde para mejorar

La prevención cardiovascular ideal debería empezar mucho antes de que aparezcan los primeros síntomas o de que el riesgo absoluto se dispare. Sin embargo, incluso por encima de los 80 años, actuar sobre los factores de riesgo sigue siendo útil. La mayoría de ellos, como tabaco, tensión, colesterol o sedentarismo, continúan aumentando el riesgo con independencia de la edad, y su control mejora la evolución de las cardiopatías.

No existen razones ligadas solo a la edad que prohíban el uso de tratamientos médicos eficaces o de procedimientos intervencionistas (cateterismos, stents, cirugía cardiaca). Lo que manda son las contraindicaciones individuales y el estado general del paciente: fragilidad, enfermedades asociadas, función renal, etc. El cardiólogo valorará qué pruebas diagnósticas son pertinentes, cómo ha cambiado la función del corazón y qué ajustes de dosis necesitan los fármacos.

En las personas mayores, es especialmente importante vigilar las interacciones entre medicamentos y la coexistencia de otros problemas de salud (renales, respiratorios, neurológicos), que pueden condicionar tanto los síntomas como la tolerancia a los tratamientos. Una evaluación integral por una unidad de cardiología ayuda a definir qué estudios hacer, en qué momento y cómo interpretar los resultados para tomar decisiones de forma segura.

Del lado del paciente, hay una parte del trabajo que depende del día a día. Un estilo de vida saludable, aunque suene a tópico, puede marcar diferencias muy grandes tras los 65 años. No se trata de hacer proezas, sino de sumar pequeñas decisiones coherentes: moverse más, elegir mejor la comida, respetar el descanso, evitar el tabaco y el exceso de alcohol, y seguir los controles médicos.

La evidencia muestra que, en mayores de 65 años, una buena alimentación y la práctica de ejercicio moderado pueden reducir casi a la mitad la mortalidad cardiovascular. En cifras, esto significa que muchas personas dejan de sufrir un infarto, un ictus o una insuficiencia cardiaca descompensada simplemente porque han incorporado rutinas más cuidadas a su vida cotidiana.

Hábitos que rejuvenecen la edad vascular

La buena noticia es que la edad del corazón no está escrita en piedra. Aunque la edad cronológica solo avanza en una dirección, la edad vascular sí puede reducirse cuando se controlan los factores de riesgo modificables. Las principales estrategias se apoyan en cuatro pilares: alimentación, actividad física, abandono del tabaco y buen control de tensión, colesterol y glucosa.

En cuanto a dieta, el patrón que más protección ofrece es la dieta mediterránea, especialmente si se mantiene dentro de un aporte calórico adecuado para evitar el exceso de peso. Esto implica basar la alimentación en frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos, aceite de oliva virgen y pescado, reduciendo al máximo los azúcares libres, las grasas trans y limitando las grasas saturadas de carnes procesadas y productos ultraprocesados.

La actividad física frecuente es otro antídoto frente al envejecimiento vascular. El sedentarismo vuelve las arterias más rígidas y menos elásticas. Cualquier forma de moverse suma: subir escaleras en lugar de usar el ascensor, ir andando o en bici al trabajo, bailar, hacer labores domésticas activas. Además, se recomienda realizar ejercicio aeróbico (caminar ligero, correr suave, nadar, montar en bicicleta) de tres a cinco veces por semana, y complementar con ejercicios de fuerza y flexibilidad dos o tres días a la semana.

Las guías europeas de cardiología aconsejan acumular al menos 150 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, repartidos en varios días, y añadir dos sesiones semanales de fuerza ligera para mantener la masa muscular. A edades avanzadas conviene evitar esfuerzos bruscos o competiciones sin valoración previa, realizar siempre calentamiento y vuelta a la calma, y detener el ejercicio si aparece dolor en el pecho, mareo intenso o palpitaciones muy llamativas.

Dejar de fumar es probablemente la medida que mayor “rejuvenecimiento vascular” produce en menor tiempo. Abandonar el tabaco reduce de forma clara el riesgo de infarto, ictus y enfermedad arterial periférica, y muchos de esos beneficios se observan ya en los primeros años tras el cese. La aterosclerosis es un proceso ligado al tiempo, pero eliminar el tabaco frena notablemente su aceleración.

Finalmente, vigilar y tratar la presión arterial, el colesterol y la glucosa es imprescindible para mantener a raya la edad del corazón. Tener el colesterol por encima de los niveles recomendados favorece que se formen placas de ateroma, y la hipertensión, como ya se ha visto, daña tanto corazón como cerebro y riñones. La diabetes, por su parte, multiplica el riesgo de cardiopatía. Controles periódicos y una adherencia correcta a la medicación permiten mantener estos parámetros en objetivos cardioprotectores.

Revisiones médicas y tecnologías de apoyo

A partir de los 45-50 años, especialmente en hombres y en mujeres tras la menopausia, se recomienda realizar revisiones cardiometabólicas regulares. Lo ideal es una evaluación anual o según indique el profesional, que incluya medición de presión arterial, análisis de colesterol y glucosa, valoración de peso y composición corporal, y, cuando está indicado, pruebas como el electrocardiograma en reposo o la prueba de esfuerzo.

En función de los resultados, el médico puede calcular el riesgo cardiovascular global con herramientas como Framingham o SCORE, y, si lo considera oportuno, traducirlo a edad vascular para facilitar la comprensión. Este cálculo ayuda a decidir si basta con cambios de estilo de vida o si es recomendable iniciar o intensificar tratamientos farmacológicos (por ejemplo, antihipertensivos, estatinas o fármacos para la diabetes).

La tecnología también se ha convertido en un gran aliado para el cuidado del corazón en personas mayores. Hoy en día existen relojes, pulseras y otros dispositivos (“wearables”) capaces de monitorizar la frecuencia cardiaca, la actividad física y, en algunos casos, la presión arterial o la aparición de arritmias. Muchas de estas herramientas envían alertas si detectan ritmos anómalos o cifras sospechosas, y algunas se integran con plataformas de telemedicina para facilitar el seguimiento a distancia.

Además, la expansión de los desfibriladores externos automatizados (DEA) en espacios públicos y residencias de mayores, junto con la formación en soporte vital básico, ha permitido crear entornos cardioprotegidos. En una parada cardiorrespiratoria extrahospitalaria, cada minuto sin reanimación cardiopulmonar reduce en torno a un 10% la probabilidad de supervivencia, de modo que disponer de un DEA cercano y personas formadas es determinante.

En España, el envejecimiento poblacional hace que todo esto cobre aún más importancia. Aproximadamente una quinta parte de la población tiene más de 65 años y alrededor del 7% supera los 80. Las enfermedades cardiovasculares son la primera causa de muerte en mayores de 65, y hasta un 40% de las muertes súbitas se producen en personas de más de 70 años. Aun así, se ha demostrado que un envejecimiento saludable puede sumar varios años de vida libre de enfermedad cardiovascular.

Integrar las revisiones periódicas, el uso inteligente de la tecnología y los entornos cardioprotegidos con cambios en la dieta y la actividad física es la forma más eficaz de proteger el corazón a cualquier edad, retrasar el impacto del envejecimiento y alinear, en lo posible, la edad vascular con la biológica.

Cuidar la edad del corazón pasa por entender que no solo cuentan los años que marca el DNI, sino todo lo que hemos ido haciendo con ellos. Cada cigarrillo, cada día de sedentarismo y cada año con la tensión desbocada suma desgaste; cada paseo, cada comida equilibrada y cada revisión a tiempo añade protección. Cuando se consigue que el paciente vea que su corazón puede tener la misma edad que él —o incluso algunos años menos— si cuida sus hábitos, la motivación para actuar crece. En definitiva, un estilo de vida activo, una alimentación tipo mediterránea, el abandono del tabaco, el control estricto de la tensión, el colesterol y la glucosa, y el uso de herramientas como la edad vascular en consulta permiten que el corazón llegue a la vejez con mucha más reserva, reduciendo el riesgo de eventos graves y ganando años de vida con buena calidad.

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