
En los últimos años, la dieta keto o cetogénica ha pasado de ser una terapia clÃnica de nicho a convertirse en uno de los regÃmenes más populares para adelgazar y «mejorar la salud». Su presencia en redes sociales, testimonios de pérdida de peso rápida y el interés creciente por el impacto de la alimentación en el cerebro han alimentado un debate intenso entre profesionales sanitarios y pacientes.
Al mismo tiempo, comienzan a acumularse estudios que apuntan a un doble filo: por un lado, posibles beneficios en determinados trastornos neurológicos y psiquiátricos, como la epilepsia o la depresión resistente al tratamiento; por otro, riesgos metabólicos y hepáticos cuando se mantiene durante largos periodos de tiempo, además de la dificultad real de seguirla en el dÃa a dÃa.
Qué es realmente la dieta keto y cómo actúa en el organismo
La dieta cetogénica se basa en un consumo muy bajo de carbohidratos, una ingesta moderada de proteÃnas y un aporte muy elevado de grasas. Este reparto de macronutrientes tiene como objetivo que el organismo deje de depender de la glucosa como fuente principal de energÃa y pase a utilizar las grasas.
Cuando la cantidad de hidratos disponible cae en picado, el cuerpo entra en un estado metabólico llamado cetosis: el hÃgado comienza a transformar los ácidos grasos en cuerpos cetónicos, que se convierten en el «combustible» alternativo para tejidos como el cerebro. Este cambio de fuente energética es lo que, según sus defensores, explicarÃa tanto la pérdida de peso como algunos de los efectos sobre el sistema nervioso central.
La keto no es una moda nueva. Se diseñó hace casi un siglo como tratamiento para la epilepsia refractaria, cuando los fármacos disponibles eran escasos y poco eficaces. En ese contexto, varios hospitales empezaron a utilizarla para reducir crisis convulsivas en niños, con resultados suficientemente buenos como para consolidarla como herramienta terapéutica en casos muy concretos.
En las últimas décadas, el foco se ha desplazado hacia otros campos: obesidad, diabetes tipo 2, sÃndrome metabólico y, más recientemente, salud mental. Sin embargo, la evidencia cientÃfica que respalda cada uno de estos usos es muy desigual y, en muchos casos, todavÃa limitada.
Riesgos metabólicos y hepáticos observados en estudios preclÃnicos

Una de las grandes incógnitas en torno a esta pauta alimentaria es qué ocurre cuando se mantiene durante meses o años. Para responder a esta pregunta, un equipo de la Universidad de Utah llevó a cabo un ensayo a largo plazo en ratones, un modelo muy utilizado para explorar mecanismos biológicos difÃciles de estudiar directamente en humanos.
En el experimento, los investigadores asignaron aleatoriamente a los animales a cuatro tipos de dieta: una dieta occidental rica en grasas, una baja en grasas y alta en carbohidratos, una cetogénica clásica (en la que casi todas las calorÃas procedÃan de la grasa) y una baja en grasas pero rica en proteÃnas. Los ratones, tanto machos como hembras, tuvieron libre acceso a la comida durante al menos nueve meses.
A lo largo del estudio se midieron variables clave como el peso corporal, la cantidad de alimento ingerido, los perfiles de lÃpidos en sangre, la acumulación de grasa en el hÃgado y los niveles de glucosa e insulina. Además, se analizaron las células pancreáticas encargadas de producir insulina, utilizando técnicas de microscopÃa y estudio de la expresión genética.
Los resultados, publicados en la revista Science, mostraron que los ratones sometidos a la dieta cetogénica mantenÃan un peso significativamente menor que aquellos alimentados con un patrón occidental rico en grasas. No obstante, esa aparente ventaja en la báscula vino acompañada de señales preocupantes: en cuestión de dÃas, sobre todo en los machos, comenzaron a detectarse signos de enfermedad del hÃgado graso y deterioro de la función hepática, considerados marcadores tempranos de trastornos metabólicos serios.
Según el equipo de Utah, una dieta extremadamente alta en grasas obliga al organismo a «aparcar» esos lÃpidos en algún sitio, lo que facilita que terminen acumulándose tanto en la sangre como en el tejido hepático. Desde una perspectiva clÃnica, esto podrÃa traducirse, si se confirmara en humanos, en un aumento del riesgo de esteatosis hepática y complicaciones asociadas cuando la keto se mantiene durante periodos prolongados.
El estudio también detectó alteraciones en la regulación del azúcar en sangre. Tras aproximadamente dos meses de dieta cetogénica, los ratones presentaban niveles anormalmente bajos de glucosa e insulina. Los investigadores relacionan este fenómeno con un funcionamiento alterado de las células pancreáticas expuestas de forma continuada a un entorno rico en grasa. De forma interesante, estas alteraciones se revirtieron cuando los animales abandonaron la dieta, lo que apunta a cierta capacidad de recuperación si se modifica a tiempo el patrón alimentario.
Los autores del trabajo insisten en que se necesitan más estudios en humanos para saber hasta qué punto estos efectos se trasladan a la práctica clÃnica. Aun asÃ, recomiendan prudencia y piden que cualquier persona que valore iniciar una dieta cetogénica, sobre todo si pretende mantenerla a medio o largo plazo, lo haga bajo supervisión profesional.
La dieta keto como complemento en depresión resistente al tratamiento
Más allá de los aspectos puramente metabólicos, en los últimos años se ha disparado el interés por el posible papel de la dieta keto en la salud mental, especialmente en personas con depresión que no responden adecuadamente a los antidepresivos habituales.
Un análisis publicado en la revista JAMA Psychiatry evaluó el impacto de esta pauta alimentaria en 88 adultos con depresión resistente al tratamiento, un cuadro clÃnico particularmente complejo que, solo en España, se estima que afecta a decenas de miles de personas nuevas cada año. En este ensayo se siguió a los participantes durante seis meses.
Los investigadores compararon la dieta cetogénica con otros patrones alimentarios de control, ajustados para ser razonablemente saludables. De forma general, las dietas cetogénicas se asociaron con mejoras pequeñas a moderadas en los sÃntomas depresivos frente a las dietas de comparación, aunque la evidencia relativa a la ansiedad fue más desigual.
Un aspecto relevante del trabajo es que los beneficios parecÃan ser superiores cuando la cetosis se confirmaba mediante medidas bioquÃmicas, lo que sugiere que no basta con «comer un poco menos de pan y pasta», sino que el efecto podrÃa estar vinculado realmente al cambio metabólico profundo que implica la keto.
Aun asÃ, los propios autores, encabezados por investigadores de la Universidad de Oxford, subrayan que las mejorÃas observadas fueron modestas y que, para lograr que los participantes se mantuvieran en la dieta, fue necesario proporcionar un apoyo intenso y continuado. Además, tras la finalización del seguimiento, solo una minorÃa optó por seguir con la dieta por su cuenta, lo que refleja hasta qué punto puede resultar restrictiva y difÃcil de encajar en la vida cotidiana.
Mecanismos posibles: del metabolismo cerebral al eje intestino-cerebro
El interés de la comunidad cientÃfica por la relación entre alimentación y salud mental ha dado lugar a un campo emergente conocido como psiquiatrÃa nutricional. En ese contexto, la dieta cetogénica se ha convertido en uno de los modelos más estudiados para entender cómo los cambios en el combustible que utiliza el cerebro pueden influir en el estado de ánimo.
Una de las hipótesis más citadas tiene que ver con el metabolismo energético del sistema nervioso. En condiciones de cetosis, el cerebro recurre en buena medida a los cuerpos cetónicos como fuente de energÃa. Diversos trabajos sugieren que esto podrÃa mejorar la eficiencia de las mitocondrias (las «centrales energéticas» de las neuronas) y reducir el estrés oxidativo, procesos que se han vinculado con la aparición y cronificación de algunos cuadros depresivos.
Otra vÃa potencial es la modulación de la inflamación crónica de bajo grado. Los cuerpos cetónicos parecen tener efectos sobre determinadas rutas inflamatorias, y se sabe que en un subconjunto de personas con depresión existe una activación sostenida del sistema inmunitario. Si una dieta concreta consiguiera atenuar ese estado inflamatorio, podrÃa contribuir a aliviar sÃntomas en ciertos pacientes, aunque de momento esta idea sigue siendo más teórica que confirmada.
En paralelo, crece el interés por el llamado eje intestino-cerebro, el complejo sistema de comunicación entre el aparato digestivo, la microbiota intestinal, el sistema inmunitario y el cerebro. La composición de las comunidades microbianas del intestino se ve claramente influida por la dieta, y algunos patrones alimentarios se han asociado con cambios en la producción de metabolitos y neurotransmisores implicados en la regulación del ánimo.
Algunos estudios preliminares apuntan a que la dieta cetogénica podrÃa favorecer la producción de determinados ácidos grasos de cadena corta, reducir la inflamación intestinal y promover un equilibrio microbiano potencialmente beneficioso para la función cerebral. Sobre el papel, esto podrÃa traducirse en una mejorÃa de sÃntomas depresivos y de ciertas funciones cognitivas y emocionales, aunque de nuevo hacen falta ensayos bien diseñados para demostrarlo.
En conjunto, la comunidad cientÃfica coincide en que los mecanismos propuestos son plausibles y prometedores, pero recuerda que la evidencia directa en humanos aún es incipiente. Por ello, la keto se plantea, en todo caso, como un posible complemento a los tratamientos estándar, nunca como sustituto de los mismos.
Un ensayo clÃnico en depresión mayor y la cuestión de la adherencia
Un estudio reciente, también publicado en JAMA Psychiatry y liderado por un equipo de la Universidad de Oxford, aportó datos más concretos sobre los efectos de la dieta keto en personas con depresión mayor que no respondÃan adecuadamente a los antidepresivos. En este ensayo clÃnico aleatorizado participaron 88 pacientes adultos.
A la mitad de los participantes se les prescribió una dieta cetogénica estricta, con menos de 30 gramos de carbohidratos al dÃa. Al resto se les recomendó aumentar el consumo de alimentos de origen vegetal y sustituir las grasas saturadas por insaturadas, es decir, un patrón de alimentación saludable más convencional.
Tras seis semanas, los pacientes del grupo keto mostraron una reducción media de 10,5 puntos en una escala de depresión de 27 puntos, mientras que el grupo de control experimentó una mejorÃa de 8,3 puntos. Las diferencias no fueron espectaculares, pero sà lo bastante consistentes como para que los autores consideraran que la dieta cetogénica podrÃa tener un efecto antidepresivo adicional modesto cuando se usa como complemento a la medicación y al seguimiento psiquiátrico.
Expertos independientes, como el responsable de un centro de tratamiento de trastorno bipolar en un hospital de Nueva York que revisó los datos, destacaron la solidez del diseño del ensayo, pero matizaron que los resultados deben interpretarse con cierta cautela: la mejorÃa clÃnica fue relativamente moderada y, además, ambos grupos recibieron un alto nivel de apoyo y acompañamiento, lo que probablemente contribuyó por sà mismo a la mejorÃa global.
Uno de los puntos débiles más llamativos fue la baja adherencia a largo plazo. Una vez concluido el estudio y retirado el apoyo intensivo, apenas alrededor de un 9 % de los participantes del grupo cetogénico continuó con la dieta de forma estricta. La mayorÃa reconoció que se trataba de un régimen muy restrictivo, difÃcil de compatibilizar con la vida social y con sus hábitos previos de alimentación.
Los especialistas recuerdan que, en la práctica clÃnica, las recomendaciones para personas con depresión suelen incluir mejorar la alimentación general, hacer ejercicio regular, cuidar el sueño y fomentar el apoyo social. En ese marco, la keto podrÃa ser una opción adicional para determinados casos muy seleccionados, pero no una solución mágica ni necesariamente superior a otros cambios de estilo de vida bien implementados.
Dieta keto y trastornos psicóticos: entre el interés terapéutico y el riesgo de exagerar
Al calor de estos resultados en depresión y del uso histórico de la dieta cetogénica en epilepsia, también han surgido hipótesis sobre su posible utilidad en otros trastornos psiquiátricos graves, como la esquizofrenia o el trastorno bipolar. Algunos clÃnicos han publicado estudios de caso en los que pacientes con cuadros resistentes a tratamiento experimentan mejorÃas notables tras adoptar una dieta keto supervisada.
Un ejemplo muy citado es el de un psiquiatra de Harvard que describió a dos personas con esquizofrenia de larga evolución que, según sus informes, alcanzaron una remisión completa de sÃntomas mientras seguÃan una pauta cetogénica estricta, hasta el punto de poder suspender la medicación antipsicótica y mantenerse estables durante años. Estos casos se han presentado como muestra del potencial de la intervención metabólica en trastornos psiquiátricos complejos.
No obstante, expertos en psiquiatrÃa de prestigio internacional subrayan que este tipo de informes representan evidencias muy preliminares, basadas en un número mÃnimo de pacientes y sin los controles necesarios para extraer conclusiones sólidas. Recuerdan que, en la mayorÃa de estudios disponibles, los pacientes continúan necesitando medicación y otros apoyos terapéuticos, y que extrapolar a partir de unos pocos casos excepcionales puede resultar engañoso.
Organismos profesionales y académicos insisten en que, a dÃa de hoy, no existe evidencia creÃble de que la dieta cetogénica pueda «curar» la esquizofrenia. En el mejor de los escenarios, podrÃa convertirse en el futuro en un complemento dentro de un abordaje integral, siempre que ensayos clÃnicos rigurosos demuestren de forma clara y reproducible sus beneficios y riesgos.
En paralelo, se mantiene el debate sobre los efectos secundarios de los antipsicóticos actualmente utilizados como tratamiento de primera lÃnea, entre los que destacan el aumento de peso y la mayor incidencia de problemas cardiovasculares. Para algunos autores, el interés por la keto en esquizofrenia también se explica por la búsqueda de opciones que puedan mejorar tanto los sÃntomas psiquiátricos como el perfil metabólico de los pacientes, aunque de momento esa promesa está lejos de concretarse.
Con todo este panorama, la dieta cetogénica se sitúa en un punto intermedio entre la promesa y la precaución: los datos disponibles apuntan a posibles beneficios en campos como la depresión resistente y ciertos trastornos neurológicos, pero también a riesgos claros cuando se sostiene durante mucho tiempo y se lleva a cabo sin supervisión especializada. Para quienes se planteen probarla en España o en otros paÃses europeos, la recomendación mayoritaria de los expertos es abordarla como una intervención médica más, acompañada y monitorizada, y no como una solución rápida ni como sustituto de tratamientos consolidados para enfermedades fÃsicas o mentales.