Cómo cambian tus rodillas según la edad y qué puedes hacer

  • Las rodillas sufren cambios distintos en cada etapa vital, desde el crecimiento infantil hasta la artrosis en la vejez.
  • Edad, sexo, peso, actividad física, fuerza muscular y biomecánica condicionan el tipo de lesiones y su evolución.
  • El manejo del dolor de rodilla combina ejercicio, control del peso, fármacos, infiltraciones y, en casos seleccionados, cirugía.
  • Un diagnóstico precoz y un tratamiento individualizado permiten mantener la movilidad y la calidad de vida muchos años.

Salud de las rodillas según la edad

Las rodillas nos acompañan en casi todos los movimientos del día a día, desde que damos los primeros pasos hasta que nos cuesta subir un tramo de escaleras. No son la misma articulación a los 10, 30 o 70 años, y eso se nota tanto en el tipo de lesiones que aparecen como en la manera de tratarlas. Lejos del “es lo que toca con la edad”, hoy sabemos que una buena parte del dolor de rodilla se puede prevenir, detectar a tiempo y manejar con estrategias muy concretas.

A lo largo de la vida, las rodillas pasan por fases muy distintas: la etapa de crecimiento infantil, los años de máxima actividad física, la madurez con posibles lesiones deportivas mal curadas y, finalmente, el periodo en el que los cambios degenerativos del cartílago y la artrosis ganan protagonismo. Entender qué ocurre en cada momento, por qué duelen más en determinadas edades y qué opciones de tratamiento existen -desde ejercicio y fisioterapia hasta cirugía avanzada o medicina regenerativa- es clave para mantener la calidad de vida el mayor tiempo posible.

Cómo cambian las rodillas con la edad

La investigación actual en grandes series de resonancias magnéticas ha demostrado que el patrón de lesiones de rodilla varía según la edad y el sexo. En estudios con miles de pruebas realizadas a personas que acudían por dolor de rodilla, se han identificado diferencias llamativas entre hombres y mujeres, y entre pacientes jóvenes y mayores, tanto en meniscos como en ligamentos y cartílago.

En la infancia y la adolescencia, el esqueleto está en pleno desarrollo y los cartílagos de crecimiento alrededor de la rodilla aportan una gran parte de la longitud final del fémur y la tibia. En esta etapa abundan las “variantes de la normalidad” (piernas en O o en X, marcha con las puntas hacia dentro, dolores nocturnos de crecimiento) que preocupan mucho a las familias pero que casi siempre se resuelven solas y solo requieren vigilancia y buena información.

Al llegar a la juventud y adultez temprana, sobre todo en personas deportistas, empiezan a destacar las lesiones traumáticas: roturas de menisco, esguinces o roturas de ligamentos (como el LCA), fracturas osteocondrales, condromalacia rotuliana o problemas de sobrecarga de tendones y bursas. El estilo de vida activo protege en general frente al dolor crónico, pero ciertas actividades intensas o mal dosificadas pueden pasar factura si se encadenan lesiones sin tratamiento adecuado.

En torno a los 40-45 años se empieza a ver con mucha frecuencia el resultado de ese “historial” de impactos, pequeños traumatismos y sobrecargas: cambios degenerativos en el cartílago (artrosis incipiente), meniscos deteriorados, condromalacia, deformidades en varo o valgo, debilidad muscular y sobrepeso que aumentan la carga sobre la articulación. A partir de ahí, el riesgo de artrosis de rodilla va aumentando con la edad, con un pico claro en mayores de 70 años y una mayor afectación en mujeres.

Otro aspecto clave que han puesto de manifiesto los estudios de imagen recientes es que la distribución de las lesiones meniscales y ligamentosas no es igual en hombres y mujeres a lo largo de la vida. En menores de 40 años predominan más los desgarros de menisco y ligamento colateral medial en varones, mientras que en edades avanzadas las mujeres presentan con más frecuencia roturas meniscales, patología femororrotuliana y signos de artrosis.

Lesiones de rodilla a lo largo de la vida

Rodillas en niños y adolescentes: desarrollo, deporte y dolor

En la consulta de pediatría, una parte muy importante de los motivos de visita tiene que ver con el aparato locomotor. En la edad pediátrica es fundamental diferenciar lo que es maduración normal de lo que realmente es patológico, porque las rodillas cambian de forma y alineación durante los primeros años de vida de manera totalmente fisiológica.

En los primeros años es habitual ver un genu varo de desarrollo (piernas arqueadas en “O”) que se acentúa cuando el niño empieza a caminar y que suele corregirse de forma espontánea antes de los 3 años. Después, hacia los 3-4 años, muchos niños pasan a un genu valgo (piernas en “X”), que se va normalizando hasta la preadolescencia, con un valgo residual suave algo más marcado en mujeres adultas que en hombres.

También son frecuentes las deformidades torsionales ligeras (rotación interna o externa del fémur y de la tibia) que se manifiestan como marcha con los pies hacia dentro o hacia fuera. La mayoría se corrigen solas con el crecimiento; el papel de Atención Primaria es vigilar, tranquilizar a la familia y derivar al traumatólogo infantil solo si la desviación es muy acusada, asimétrica o no mejora con la edad.

Los llamados “dolores de crecimiento” son otro motivo clásico de preocupación. Suelen aparecer entre los 3 y los 10 años, al final del día o por la noche, en muslos, zona pretibial o gemelos, sin afectación articular objetiva, con exploración y pruebas normales. No guardan relación directa con los picos de crecimiento, son benignos y responden a medidas sencillas como calor local, masaje y tranquilidad a la familia.

En el adolescente deportista cambian las tornas: el aumento de la práctica de fútbol, baloncesto, balonmano o deportes de impacto hace que las lesiones musculares, ligamentosas y meniscales sean mucho más frecuentes. La rodilla, por su compleja biomecánica y su dependencia del soporte ligamentoso y muscular, es especialmente vulnerable a gestos de giro, frenadas bruscas y saltos repetidos.

Rodillas y deporte en diferentes edades

Lesiones típicas de la rodilla en la infancia y juventud

La lista de patologías que puede sufrir una rodilla joven es larga, pero hay varios cuadros especialmente característicos. Conocerlos ayuda a no confundir molestias banales con lesiones que sí requieren estudio especializado (radiografías, ecografía, resonancia magnética) o incluso cirugía.

Una de las alteraciones más frecuentes es la patología rotuliana. La rótula actúa como polea del cuádriceps y está sometida a grandes fuerzas; si el vasto interno (la porción interna del cuádriceps) está débil, si existe un ángulo Q aumentado o alteraciones biomecánicas (pronación del pie, torsión tibial externa, rótula alta), el deslizamiento de la rótula sobre el fémur se vuelve ineficiente y aparece roce anómalo y dolor.

La condromalacia rotuliana consiste en el reblandecimiento y deterioro progresivo del cartílago en la cara posterior de la rótula. Se ve sobre todo en adolescentes y adultos jóvenes que entrenan sobre superficies duras o practican deportes de carrera y salto. Produce dolor en la cara anterior de la rodilla que empeora al subir y bajar escaleras, correr o permanecer mucho tiempo sentado con la rodilla flexionada, y puede acompañarse de chasquidos o sensación de “roce” interno.

Otra entidad relacionada es el síndrome de Sinding-Larsen-Johansson, una apofisitis del polo inferior de la rótula en adolescentes muy activos (11-13 años, sobre todo en deportes de salto). Se caracteriza por dolor bien localizado en la inserción del tendón rotuliano, tras el ejercicio, que mejora con el reposo. La radiología y la ecografía permiten ver los distintos estadios de fragmentación y calcificación de esa zona.

En la parte opuesta de la rodilla, la famosa enfermedad de Osgood-Schlatter afecta a la tuberosidad anterior de la tibia, donde se inserta el tendón rotuliano. Es típica del adolescente deportista; el dolor se localiza en el “bulto” inmediatamente por debajo de la rótula, aumenta con la actividad y cede al descansar. Se debe a microtraumatismos repetidos sobre el cartílago de crecimiento de esa región y suele resolverse al finalizar el crecimiento, pero mientras dura puede obligar a reducir o adaptar el deporte.

La luxación o subluxación de rótula es relativamente frecuente en chicas adolescentes con genu valgo marcado, debilidad del vasto interno y, a veces, sobrepeso. Un gesto de giro sobre la rodilla semiflexionada puede desplazar bruscamente la rótula hacia fuera, con dolor intenso, incapacidad para mover la rodilla y deformidad visible. Muchas se reducen espontáneamente, pero siempre hay que valorar ligamentos, presencia de derrame y riesgo de nuevas luxaciones, e iniciar pronto un programa de fortalecimiento muscular específico.

Otra lesión que conviene no pasar por alto en adolescentes es la osteocondritis disecante del cóndilo femoral, especialmente el interno. Se trata de una zona de hueso subcondral y cartílago que pierde riego (isquemia) por microtraumatismos repetidos y puede llegar a desprenderse parcial o totalmente, originando bloqueos, dolor selectivo en el cóndilo y limitación de la extensión. La resonancia magnética permite clasificar su grado y decidir si basta con reposo y fisioterapia o es necesario un tratamiento artroscópico.

En el hueco poplíteo, detrás de la rodilla, puede aparecer un quiste de Baker, que no es más que una colección de líquido sinovial que se abre paso entre músculos y fascias. En adolescentes suele relacionarse con desequilibrios musculares (vasto interno débil, rótula mal centrada) que aumentan la fricción y la producción de líquido. Aunque la masa suele ser indolora, puede dar sensación de tensión; el tratamiento pasa por abordar el origen biomecánico más que por operar, ya que las cirugías tienen una tasa alta de recidivas.

Las lesiones ligamentosas y meniscales también pueden presentarse en la infancia, sobre todo en preadolescentes y adolescentes deportistas. Un giro brusco con el pie fijo puede desgarrar los ligamentos colaterales o el cruzado anterior, o bien romper un menisco. Se manifiestan con dolor agudo, hinchazón, sensación de inestabilidad o bloqueo y, en el caso de los meniscos, dolor preciso en la línea articular y chasquidos al realizar maniobras como la de McMurray. En estas edades hay que valorar siempre con calma, porque la meniscectomía amplia se asocia en el futuro a un mayor riesgo de artrosis.

Rodillas en adultos jóvenes y de mediana edad: deporte, trabajo y cirugías

Mucha gente asume que el dolor de rodilla es “cosa de abuelos”, pero la realidad es muy distinta: cada vez más adultos jóvenes y de mediana edad acuden a consulta con dolor persistente de rodilla, muchas veces relacionado con lesiones deportivas previas, sobrecargas laborales, exceso de peso o desalineaciones que no se tuvieron en cuenta a tiempo.

En este grupo de edad, los estudios de resonancia magnética de grandes cohortes han observado una mayor frecuencia de roturas aisladas del ligamento cruzado anterior, así como combinaciones de lesión de LCA con rotura de menisco medial o lateral, especialmente en varones de entre 20 y 40 años. Este hallazgo matiza la idea previa de que las roturas de LCA son patrimonio de las mujeres jóvenes deportistas: cuando se estudia a toda la población con dolor de rodilla (no solo a atletas), los hombres parecen acumular más lesiones de este tipo.

Además de las lesiones de ligamentos, son muy habituales las roturas de menisco, que pueden ser traumáticas (tras un giro, una torsión o una caída) o degenerativas (por desgaste progresivo), así como las lesiones condrales focales y los síndromes de sobrecarga como el de la cintilla iliotibial, tendinitis rotulianas, bursitis anserina o el síndrome femororrotuliano. Suelen aparecer en personas que hacen deporte de impacto (fútbol, running, baloncesto) o trabajos de carga física sin una preparación muscular adecuada.

Cuando el dolor se mantiene más de tres meses, se acompaña de hinchazón persistente, problemas para subir escaleras, levantarse de la silla o caminar más de unos cientos de metros, inestabilidad o sensación de que la rodilla “cede”, o despierta por la noche, es un signo claro de que puede existir daño estructural significativo (cartílago, ligamentos o hueso) y conviene hacer un estudio en profundidad.

En estos casos no siempre se salta directamente a una prótesis total. Hoy en día el abanico quirúrgico es muy amplio y se adapta a la edad, el tipo de daño y las expectativas de cada persona. La artroscopia permite reparar o regularizar desgarros meniscales, limpiar fragmentos libres de cartílago o hueso y tratar ciertas lesiones focales. La osteotomía realinea el eje de carga en pacientes jóvenes con varo o valgo acusado, descargando la zona dañada del cartílago. Y cuando el deterioro se concentra en un solo compartimento de la rodilla, el reemplazo parcial o artroplastia unicompartimental preserva gran parte de la articulación natural y favorece recuperaciones más rápidas.

Para lesiones condrales focales en menores de 40 años, se han desarrollado técnicas de restauración del cartílago como la microfractura, el implante de condrocitos autólogos o los injertos osteocondrales, que buscan regenerar el tejido dañado. Y más allá del propio país de residencia, ha crecido el interés en el turismo médico a destinos donde se combinan precios más asequibles, escasos tiempos de espera y alta tecnología quirúrgica, como algunos centros especializados en Turquía.

Artrosis de rodilla y envejecimiento articular

A partir de la quinta década de vida, especialmente si hay factores de riesgo asociados, empiezan a hacerse evidentes los signos de artrosis de rodilla, una enfermedad degenerativa en la que el cartílago articular se va adelgazando y perdiendo calidad, dejando progresivamente menos protección entre el fémur, la tibia y la rótula.

La rodilla es una articulación de carga: soporta el peso del cuerpo y de lo que llevamos encima al estar de pie, caminar, correr, subir o bajar escaleras. Por eso la artrosis de rodilla es una de las más frecuentes del organismo. Inicialmente el proceso degenerativo es silencioso, porque el cartílago no tiene terminaciones nerviosas; el dolor aparece cuando se afecta el hueso subcondral, la membrana sinovial, los ligamentos y la cápsula.

Se distinguen dos grandes tipos de artrosis de rodilla. La primaria o idiopática es la más común, se relaciona con la edad y con una combinación de factores genéticos y de estilo de vida (sexo femenino, sobrepeso, actividad física intensa de impacto, debilidad muscular, alteraciones biomecánicas). Suele comenzar a partir de los 40-50 años y progresa lentamente, con posibles acelerones o periodos de estabilidad relativa.

La artrosis secundaria aparece como consecuencia de otros procesos: meniscectomías amplias, roturas de ligamento cruzado anterior no reconstruidas o mal rehabilitadas, fracturas intraarticulares, deformidades en varo o valgo muy marcadas, enfermedades metabólicas como la gota o la pseudogota, diabetes o infecciones articulares graves (artritis séptica). En estos casos el desgaste puede manifestarse incluso en personas relativamente jóvenes.

Los estudios epidemiológicos indican que entre el 10 y el 15 % de la población adulta padece artrosis de rodilla en algún grado, con cifras de prevalencia que aumentan claramente con la edad y son mayores en mujeres. En España, datos como los del estudio EPISER sitúan la prevalencia de artrosis de rodilla en torno al 13-14 % en mayores de 40 años, con más impacto en mujeres, personas con obesidad y edades avanzadas.

Factores de riesgo: edad, peso, sexo, músculo y actividad física

La edad es, obviamente, un factor clave: cuantos más años acumulamos, mayor es la probabilidad de que el cartílago se deteriore. Pero no es el único ni, lo que es más importante, no es modificable. En cambio, otros factores sí se pueden trabajar y marcan una diferencia brutal en el riesgo de desarrollar artrosis dolorosa.

El sexo femenino multiplica el riesgo de artrosis de rodilla, especialmente tras la menopausia, probablemente por cambios hormonales, diferencias en la biomecánica y en la distribución de la masa muscular y grasa. De hecho, el dolor de rodilla por desgaste es hasta tres veces más frecuente en mujeres que en hombres de la misma edad.

El sobrepeso y la obesidad son de los factores más importantes y, por suerte, modificables. A nivel mecánico, cada kilo de más se traduce en varios kilos extra de carga sobre la rodilla en cada paso (en marcha se multiplican por 2-4). A nivel metabólico, la obesidad se asocia a un estado inflamatorio crónico de bajo grado que también afecta a las articulaciones, explicando, por ejemplo, la alta prevalencia de artrosis en manos de personas obesas, pese a que las manos no son articulaciones de carga.

La debilidad muscular, sobre todo del cuádriceps e isquiotibiales, aumenta el estrés sobre el cartílago porque la musculatura no es capaz de amortiguar ni estabilizar bien los impactos. Esto altera la biomecánica de la marcha, favorece la inestabilidad articular y crea un círculo vicioso: se mueve menos por dolor, se pierde más músculo, la rodilla se desestabiliza aún más y el dolor empeora.

Respecto a la actividad física, la clave está en la dosis. La actividad ligera o moderada de bajo impacto (caminar en llano, bicicleta, natación, gimnasia acuática) mejora la nutrición del cartílago, mantiene el rango articular y fortalece músculos y ligamentos. Sin embargo, determinadas actividades de alto impacto o entrenamientos profesionalizados (fútbol, baloncesto, voleibol) repetidos durante años sin adecuada prevención se asocian a un aumento del riesgo de artrosis una vez finalizada la carrera deportiva, en parte por las lesiones acumuladas de menisco y ligamentos.

Por último, las alteraciones biomecánicas (piernas muy arqueadas en varo o muy en X en valgo, pies en pronación marcada, rodillas desalineadas, diferencias de longitud entre miembros inferiores) redistribuyen mal la carga y concentran el esfuerzo en zonas concretas del cartílago, acelerando su desgaste. Plantillas personalizadas, ortesis, rodilleras y, en casos seleccionados, osteotomías correctoras pueden jugar un papel relevante en estos pacientes.

Síntomas de la artrosis y exploración de la rodilla

La artrosis de rodilla puede empezar de forma traicionera, con un dolor que solo aparece con esfuerzos (bajar cuestas, cargar peso, caminar largas distancias) y una leve rigidez matutina que dura pocos minutos. Con el tiempo, el dolor se hace más continuo, aparece con actividades menores, limita la marcha y obliga a apoyarse en bastones o andadores.

Además del dolor, destacan la disminución de la movilidad (cuesta flexionar o extender del todo), la rigidez tras periodos de reposo, la sensación de inestabilidad, el crepitante (crujidos) y la aparición de derrame articular (acúmulo de líquido dentro de la rodilla) que se traduce en hinchazón, sobre todo en la zona suprarrotuliana. En fases avanzadas pueden observarse cambios morfológicos evidentes: rodillas muy en varo o valgo, aumento de volumen, deformidad y pérdida clara de fuerza y función.

En la exploración clínica, el profesional valora la alineación de las piernas, la presencia de atrofia del cuádriceps, la estabilidad ligamentosa mediante maniobras específicas (cajón anterior y posterior, test de Lachman, valgo-varo forzados), la sensibilidad selectiva en la línea articular (orientativa de menisco) y la movilidad global. Una anamnesis cuidadosa y una exploración sistemática bien hechas permiten orientar la mayoría de diagnósticos incluso antes de recurrir a pruebas de imagen.

Las radiografías en carga son la primera prueba de elección para confirmar la artrosis, ya que muestran el estrechamiento del espacio articular (pérdida de cartílago), la formación de osteofitos, la esclerosis del hueso subcondral y posibles deformidades. La resonancia magnética y el escáner se reservan para valorar mejor el estado de meniscos, ligamentos y lesiones condrales focales, o cuando se sospecha otra patología asociada.

Tratamientos: desde hábitos de vida hasta prótesis de rodilla

El abordaje de la artrosis y del dolor de rodilla en general es escalonado y multidisciplinar. No todos los pacientes necesitan lo mismo ni en el mismo momento, y la cirugía debe considerarse el último recurso tras agotar las opciones conservadoras razonables, sin retrasarla tanto como para robar años de calidad de vida.

En fases iniciales, las medidas no farmacológicas son la piedra angular: reducción de peso en caso de obesidad, programa de ejercicio físico adaptado (caminar, bicicleta, natación, ejercicios de fuerza progresivos), fisioterapia para mejorar la movilidad y el control muscular, educación postural y uso de ayudas técnicas (bastones, rodilleras, plantillas) cuando están indicadas.

Desde el punto de vista farmacológico, se comienza habitualmente con analgésicos simples como el paracetamol en dosis ajustadas, aunque su eficacia a largo plazo es limitada. Los antiinflamatorios no esteroideos por vía oral pueden ser útiles en brotes de dolor más intenso, siempre valorando riesgo cardiovascular, digestivo y renal. También se emplean AINE tópicos (cremas, geles) con menos efectos sistémicos.

Cuando el control del dolor es insuficiente, se pueden valorar infiltraciones intraarticulares de corticoides (para brotes inflamatorios concretos, en número limitado al año) o de ácido hialurónico (viscosuplementación), que actúa como lubricante y amortiguador y puede proporcionar alivio de varios meses en determinados pacientes. Los llamados SYSADOA (glucosamina, condroitín, diacereína) son fármacos de acción lenta, con resultados variables según estudios, pero bien tolerados y utilizados en pautas prolongadas.

En los últimos años ha cobrado protagonismo la medicina regenerativa aplicada a la rodilla, con uso de plasma rico en plaquetas (PRP) y, en ciertos contextos, células madre mesenquimales. Estas terapias buscan modular la inflamación y estimular la reparación tisular; pueden retrasar la indicación de prótesis en algunos pacientes, aunque todavía se está refinando qué perfiles responden mejor y con qué protocolos.

Cuando el dolor es severo, limita gravemente la vida diaria pese a haber probado fisioterapia, medicación, infiltraciones y cambios de hábitos, y existe un desgaste avanzado confirmado por imagen, la cirugía pasa a ser la opción más razonable, independientemente de la edad cronológica. A veces se plantea posponer una prótesis a personas “demasiado jóvenes”, pero eso implica asumir años de vida limitada, como bien ilustran los casos de pacientes de 50 años a quienes se propone esperar diez años más mientras el dolor les impide bailar, pasear o trabajar con normalidad.

Las prótesis totales de rodilla modernas tienen supervivencias que superan con frecuencia los 20 años si se elige bien el modelo y se realiza una técnica quirúrgica precisa, adaptada al tipo de deformidad, estabilidad ligamentosa y situación muscular. Existen distintos diseños (cruciate retaining, posterior stabilized, prótesis constreñidas, etc.) que el cirujano selecciona para optimizar la estabilidad y la duración. Y cuando una prótesis se desgasta o fracasa, es posible realizar un recambio protésico.

Tras una prótesis de rodilla, no se pretende que el paciente vuelva a competir al máximo nivel ni a deportes de contacto como el fútbol, pero sí que pueda caminar sin dolor, subir escaleras, hacer vida independiente y realizar actividades recreativas moderadas. De nuevo, la rehabilitación y el compromiso del propio paciente con el trabajo de fuerza y movilidad son tan importantes como la cirugía en sí.

La salud de las rodillas a lo largo de la vida depende de una combinación de factores que van desde la genética y la morfología hasta el peso, la musculatura, la actividad física y cómo se manejan las lesiones cuando aparecen. Con una buena información, una prevención razonable, una detección precoz del daño estructural y un uso inteligente de las herramientas terapéuticas disponibles (incluida la cirugía cuando toca y no años después), es perfectamente posible llegar a edades avanzadas con unas rodillas que, aunque no sean perfectas, permitan seguir moviéndose con libertad y manteniendo una calidad de vida digna.

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